Mostrando las entradas con la etiqueta Gracia. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Gracia. Mostrar todas las entradas

miércoles, 4 de junio de 2014

¿Eres una buena persona? - Descúbrelo ¿Cómo Evangelizar?

¿Eres una buena persona? - Descúbrelo
¿Cómo Evangelizar?

¿Eres una buena persona? - Descúbrelo
¿Cómo Evangelizar?
Probablemente tengas un tiempo limitado luego de tu conversión para impactar a tus amigos y familiares aún no salvos con el evangelio. Después del “shock” inicial por tu conversión, es posible que te etiqueten y te metan en una cajita con un lacito rojo y te mantengan a distancia. Por esto, es importante que aproveches el corto tiempo con el que cuentas, mientras aún te puedan escuchar.

Aquí tienes un consejo que te ahorrará mucho dolor. Como un nuevo cristiano, un amigo hizo un daño irreparable al actuar como un toro salvaje en una exposición de vajillas. Atropelló a su mamá, a su papá y a muchos de sus amigos diciéndoles que hicieran una "decisión para Cristo". Él fue sincero, apasionado, amoroso, gentil y estúpido. No entendió que la salvación no viene al hace una "decisión", sino a través del arrepentimiento, y el arrepentimiento es algo dado por Dios (2 Timoteo 2.25). La Biblia enseña que ninguno puede venir al Hijo a menos que Dios lo "traiga". Si eres capaz de obtener una decisión pero no tienen convicción de pecado, es casi seguro que terminarás con un aborto en tus manos.

En su celo sin conocimiento" realmente alejó a aquellos mismos a los cuales quería desesperadamente alcanzar. No hay nada más importante que la salvación de tus seres amados y no querrás echar todo a perder. Si lo haces, descubrirás que no tendrás una segunda oportunidad. Ora fervientemente por ellos, agradeciéndole a Dios por la salvación de ellos. Permite que ellos vean tu fe. Permite que sientan tu bondad, tu amor genuino y amabilidad. Cómprales regalos sin ninguna razón. Haz tareas en su casa que no te han pedido. Ve la milla extra. Colócate en su lugar. Tú sabes que has hallado vida eterna. ¡La muerte ha perdido su aguijón! Tu gozo es inexplicable - pero en cuanto a ellos respecta, te han lavado el cerebro. Haz venido a formar parte de una secta extraña. Entonces, tus acciones de amor hablarán más alto que diez mil sermones.

Es por esta razón que deberías evitar una confrontación verbal hasta que tengas el conocimiento que guíe tu celo. Ora por sabiduría y para ser sensible al tiempo de Dios. Quizá sólo tengas un disparo, así que haz que cuente. Mantén la calma. Si no lo haces, quizá te lamentes de por vida. Créeme, es mejor escuchar a un amigo cercano decirte "Cuéntame de tu fe en Jesucristo" que decirle, "Siéntate aquí, quiero hablarte…".

Es importante que comprendamos que deberíamos compartir nuestra fe con otros siempre que podamos. La Biblia dice que solo hay dos momentos en que debemos hacerlo – “a tiempo y fuera de tiempo” (2 Timoteo 4.2). El apóstol Pablo rogó por oración para su propia testificación personal. El dijo, “…y por mí, a fin de que al abrir mi boca me sea dada palabra para dar a conocer con denuedo el misterio del evangelio, por el cual soy embajador en cadenas; que con denuedo hable de él, como debo hablar”. (Efesios 6.19-20)

Recuerda que tienes la suprema responsabilidad de hablarle a los seres queridos de otros. Muchas veces, cuando abres tu boca para compartir el Evangelio, puedes ser la respuesta a la oración ferviente de otro cristiano. Quizá ha clamado a Dios que use a un testigo fiel para que hable a su amada madre o padre, y tú eres la respuesta a esa oración. Tú eres el testigo fiel y verdadero que Dios quiere usar.

Nunca pierdas de vista el mundo y sus sufrimientos. Mantén el destino de los perdidos ante tus ojos. Muchos de nosotros nos acomodamos en las bancas de un templo y nos volvemos introvertidos. Nuestro mundo se convierte en un monasterio sin paredes. Nuestros amigos se limitan a solo aquellos dentro de la Iglesia, cuando Jesús fue el “amigo de pecadores”. Entonces, haz tiempo para ser un amigo por la causa de su salvación. Recuerda que cada persona que muere en sus pecados tiene una cita con el Juez del Universo. El Infierno abre de par en par sus terribles mandíbulas. No existe una tarea mayor que ser confiado con el Evangelio de Salvación – trabajar con Dios para el bienestar eterno de una humanidad en agonía.

Visita:
https://www.casabautistaperu.blogspot.com
https://www.facebook.com/casabautistaperu
https://www.youtube.com/casabautista

Fuente: http://www.aguasvivientes.com/index.php?option=com_content&view=article&id=73:evangelism&catid=48:save-yourself-some-pain&Itemid=73

jueves, 8 de mayo de 2014

Dios es soberano, y ordena los pasos del hombre: ¿Significa eso que es autor del Pecado?

Dios es soberano, y ordena los pasos del hombre: ¿Significa eso que es autor del Pecado?


Sin duda sabemos que las acciones malas y pecaminosas de los hombres forman parte del plan de Dios. También sabemos que Dios es soberano y que no hay nada que ocurra sin que sea puesto en orden por Él. ¿Significa esto que las acciones pecaminosas de las personas son directamente ‘provocadas’ por Dios? De ninguna manera. Aunque Dios es soberano, el hombre es responsable por su pecado. Por ejemplo, la decisión que toma una persona de cometer adulterio, la hace porque ha tomado en sus manos esa decisión y así lo ha hecho. Así sucede con todo pecado. El que esa decisión dependa del hecho de que el hombre está espiritualmente ciego no significa que no lo haga de voluntad propia. Dios dice que el hombre es responsable y así debe ser porque como es posible ser responsable por algo que no se ha decidido hacer.
Romanos 2
1 Por lo cual eres inexcusable, oh hombre, quienquiera que seas tú que juzgas; pues en lo que juzgas a otro, te condenas a ti mismo;(1) porque tú que juzgas haces lo mismo. 2 Mas sabemos que el juicio de Dios contra los que practican tales cosas es según verdad. 3 ¿Y piensas esto, oh hombre, tú que juzgas a los que tal hacen, y haces lo mismo, que tú escaparás del juicio de Dios? 4 ¿O menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento? [b]5 Pero por tu dureza y por tu corazón no arrepentido, atesoras para ti mismo ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios, 6 el cual pagará a cada uno conforme a sus obras:
Por una lado, tenemos que Satanás tiene a las personas presas, cegadas y engañadas, y por eso ellas actúan de la manera que lo hacen, en contra de Dios. Pero lo hacen con gusto y por su propia decisión y por eso son culpables y recibirán la paga por su pecado.
2 Corintios 4
3 Pero si nuestro evangelio está aún encubierto, entre los que se pierden está encubierto; 4 en los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios. 5 Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor, y a nosotros como vuestros siervos por amor de Jesús.
Por otro lado, cuando las personas vienen a Cristo arrepentidas (acción no pecaminosa), lo hacen a causa de la transformación que Dios hace en su vida por medio de la obra del Espíritu Santo. Pero lo hacen con gusto y por su propia decisión y por eso reciben la recompensa por su fe la cual aunque es "don de Dios" es la fe del creyente.
Hechos 26
17 librándote de tu pueblo, y de los gentiles, a quienes ahora te envío, 18 para que abras sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios; para que reciban, por la fe que es en mí, perdón de pecados y herencia entre los santificados.
Si pero Dios ordena los pasos del hombre…
Todos los hombres tienen la 'responsabilidad' o 'el deber' de cumplir el mandamiento (la ley de Dios). El llamado a creer no es una sugerencia, es una orden, es un mandamiento: "cree en el Sr. Jesucristo, arrepiéntete, ven, etc.". Si el hombre no cree, es culpable por fracasar y no obedecer el mandamiento de Dios. Cuando el hombre desobedece lo hace por su propia decisión. No importa si esa decisión viene a consecuencia del pecado que hay en él.
Sí, Dios ordena los pasos del hombre, pero NUNCA Dios los ordena los pasos del hombre directamente para que el hombre peque. Una cosa es decir que Dios 'permite' que el hombre peque al dejarlo ser llevado por su concupiscencia y no detenerlo (tal como hizo con Faraón) y de esa manera cumplir sus propósitos y sus planes. Pero otra cosa es decir que Dios ordena los pasos del hombre para que este cometa pecado.
Dios no mueve a nadie a desobedecer su Ley. Eso lo hace el hombre a causa de su propia decisión producto de su naturaleza carnal pecaminosa. Lo que Dios si hace es evitar que el hombre peque:
Génesis 20
2 Y dijo Abraham de Sara su mujer: Es mi hermana.(1) Y Abimelec rey de Gerar envió y tomó a Sara. 3 Pero Dios vino a Abimelec en sueños de noche, y le dijo: He aquí, muerto eres, a causa de la mujer que has tomado, la cual es casada con marido. 4 Mas Abimelec no se había llegado a ella, y dijo: Señor, ¿matarás también al inocente? 5 ¿No me dijo él: Mi hermana es; y ella también dijo: Es mi hermano? Con sencillez de mi corazón y con limpieza de mis manos he hecho esto. 6 Y le dijo Dios en sueños: Yo también sé que con integridad de tu corazón has hecho esto; y yo también te detuve de pecar contra mí, y así no te permití que la tocases. 7 Ahora, pues, devuelve la mujer a su marido; porque es profeta, y orará por ti, y vivirás. Y si no la devolvieres, sabe que de cierto morirás tú, y todos los tuyos.
De la manera que Dios obra es deteniendo o no deteniendo al hombre para que no peque o peque contra Él y de esa manera cumpla sus propósitos…
Isaías 10
1 !!Ay de los que dictan leyes injustas, y prescriben tiranía, 2 para apartar del juicio a los pobres, y para quitar el derecho a los afligidos de mi pueblo; para despojar a las viudas, y robar a los huérfanos! 3 ¿Y qué haréis en el día del castigo? ¿A quién os acogeréis para que os ayude, cuando venga de lejos el asolamiento? ¿En dónde dejaréis vuestra gloria? 4 Sin mí se inclinarán entre los presos, y entre los muertos caerán. Ni con todo esto ha cesado su furor, sino que todavía su mano está extendida. 5 Oh Asiria,(1) vara y báculo de mi furor, en su mano he puesto mi ira. 6 Le mandaré contra una nación pérfida, y sobre el pueblo de mi ira le enviaré, para que quite despojos, y arrebate presa, y lo ponga para ser hollado como lodo de las calles. 7 Aunque él no lo pensará así, ni su corazón lo imaginará de esta manera, sino que su pensamiento será desarraigar y cortar naciones no pocas. 8 Porque él dice: Mis príncipes, ¿no son todos reyes? 9 ¿No es Calno como Carquemis, Hamat como Arfad, y Samaria como Damasco? 10 Como halló mi mano los reinos de los ídolos, siendo sus imágenes más que las de Jerusalén y de Samaria; 11 como hice a Samaria y a sus ídolos, ¿no haré también así a Jerusalén y a sus ídolos?12 Pero acontecerá que después que el Señor haya acabado toda su obra en el monte de Sión y en Jerusalén, castigará el fruto de la soberbia del corazón del rey de Asiria, y la gloria de la altivez de sus ojos. 13 Porque dijo: Con el poder de mi mano lo he hecho, y con mi sabiduría, porque he sido prudente; quité los territorios de los pueblos, y saqueé sus tesoros, y derribé como valientes a los que estaban sentados; 14 y halló mi mano como nido las riquezas de los pueblos; y como se recogen los huevos abandonados, así me apoderé yo de toda la tierra; y no hubo quien moviese ala, ni abriese boca y graznase.
A causa de la desobediencia de Israel, Dios trajo a Asiria (tipo del reino Satánico) contra la nación como "instrumento" de juicio. (de paso, lo mismo ocurrirá en el tiempo final de la Iglesia [2 Tes. 2]). Esto lo hace Dios al permitir que Asiria se levante contra Israel en orgullo para establecer su paganismo, pero Dios quien permite esta acción de parte de Asiria (para llevar a cabo su plan de Juicio), se torna luego en contra de Asiria y la castiga por su maldad en contra de su pueblo. ¿Cómo hace Dios esto? Dios quita su mano de 'detención' para que Asiria vea a Israel y desee ir allí a destruir. Dios no la detiene pues eso cumple el plan de Dios. ¿Era Asiria culpable y por lo tanto responsable de sus acciones? Si lo era y por eso Dios la castiga.


…Pero cuando dices, que el hombre es responsable de sus actos lo cual es cierto, ¿pero? ¿No es cierto que esos actos siempre son movidos por Dios? ¿Acaso el hombre natural en su voluntad es capaz de seguir a Dios si este no lo mueve a ello? Claro que si el hombre rechaza a Dios es responsable de sus actos, pero haga lo que haga nunca contradice ni sorprende a Dios ¿no es cierto?
Los actos pecaminosos del hombre NO SON movidos por Dios aunque estos suelen ser parte de Sus planes. Dios no necesita empujar al hombre a ser mas pecador de lo que el hombre ya es. Dios está en el negocio de salvar (prevenir) el pecado, no de "inducir" al pecado. Si el hombre no peca mas de lo que lo hace se debe a Dios quien está activamente deteniendo al hombre por medio de su Gracia (común) para que el hombre no sea más pecador pero no tienta al hombre al pecado…
Santiago 1
12 Bienaventurado el varón que soporta la tentación; porque cuando haya resistido la prueba, recibirá la corona de vida, que Dios ha prometido a los que le aman. 13 Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie; 14 sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido.
Repito, como dije arriba, Dios retira su mano para que el hombre actúe conforme a su concupiscencia (su naturaleza), pero el no lo tienta o lo 'insita a pecar'. Por ejemplo, Dios "deja" que un hombre (o tres o cuatro) aborde un avión de pasajeros, lo secuestren y lo estrellen contra las dos torres gemelas de Nueva York. ¿Porque? Pues porque Dios tiene planes que incluyen que esto tiene que pasar. Al dejar al hombre correr por su propio rumbo, el hombre hace lo que está en el plan de Dios. Dios no impulsa (no lo mueve, no lo insita, no lo tienta) al hombre para que haga algo pecaminoso, como hicieron los hermanos de José al venderlo. Dios simplemente les retiró su mano y permitió que estos hermanos actuaran "humanamente" o “naturalmente” (i.e. pecaminosamente). De esa manera cumplen los planes de Dios.
Génesis 45
4 Entonces dijo José a sus hermanos: Acercaos ahora a mí. Y ellos se acercaron. Y él dijo: Yo soy José vuestro hermano, el que vendisteis para Egipto. 5 Ahora, pues, no os entristezcáis, ni os pese de haberme vendido acá; porque para preservación de vida me envió Dios delante de vosotros. 6 Pues ya ha habido dos años de hambre en medio de la tierra, y aún quedan cinco años en los cuales ni habrá arada ni siega.
Dios permitió el trágico evento de al muerte de Esteban en la historia de la iglesia primitiva. Ese evento fue uno que sin duda no pudo haber sido motivado (incitado) por Dios, sin embargo estaba en los planes de Dios que esto fuera así. En los próximos versos vemos que la muerte de Esteban produjo algo positivo y bueno. Aunque muchos (miles, según la historia) fueron muertos a raíz de la persecución que se levantó después de la muerte de Esteban, los que salieron huyendo iban a su vez predicando el evangelio...
Hechos 7
51 !!Duros de cerviz, e incircuncisos de corazón y de oídos! Vosotros resistís siempre al Espíritu Santo; como vuestros padres, así también vosotros.(1) 52 ¿A cuál de los profetas no persiguieron vuestros padres? Y mataron a los que anunciaron de antemano la venida del Justo, de quien vosotros ahora habéis sido entregadores y matadores; 53 vosotros que recibisteis la ley por disposición de ángeles, y no la guardasteis. 54 Oyendo estas cosas, se enfurecían en sus corazones, y crujían los dientes contra él. 55 Pero Esteban, lleno del Espíritu Santo, puestos los ojos en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús que estaba a la diestra de Dios, 56 y dijo: He aquí, veo los cielos abiertos, y al Hijo del Hombre que está a la diestra de Dios. 57 Entonces ellos, dando grandes voces, se taparon los oídos, y arremetieron a una contra él. 58 Y echándole fuera de la ciudad, le apedrearon; y los testigos pusieron sus ropas a los pies de un joven que se llamaba Saulo
Hechos 11
19 Ahora bien, los que habían sido esparcidos a causa de la persecución que hubo con motivo de Esteban,(1) pasaron hasta Fenicia, Chipre y Antioquía, no hablando a nadie la palabra, sino sólo a los judíos. 20 Pero había entre ellos unos varones de Chipre y de Cirene, los cuales, cuando entraron en Antioquía, hablaron también a los griegos, anunciando el evangelio del Señor Jesús.
¿Estaba en el plan de Dios que Esteban muriera apedreado? Por supuesto que ¡Sí!. ¿Movió Dios a los hombres a matar a Esteban?. Por supuesto que NO! Claramente estos hombres no necesitaban ayuda de Dios. Dios simplemente los dejo ser "ellos mismos"...
Hechos 7
51 !!Duros de cerviz, e incircuncisos de corazón y de oídos! Vosotros resistís siempre al Espíritu Santo; como vuestros padres, así también vosotros.(1) 52 ¿A cuál de los profetas no persiguieron vuestros padres? Y mataron a los que anunciaron de antemano la venida del Justo, de quien vosotros ahora habéis sido entregadores y matadores; 53 vosotros que recibisteis la ley por disposición de ángeles, y no la guardasteis
Esa era su naturaleza, ir en contra de Dios y desobedecer su Ley.
…Claro que si el hombre rechaza a Dios es responsable de sus actos, pero haga lo que haga nunca contradice ni sorprende a Dios ¿no es cierto?Es cierto, Nada sorprende a Dios. Sí, el hombre que rechaza a Dios es responsable de sus actos. El hombre natural no es capaz de seguir a Dios. Todos los hombres son por naturaleza hijos de ira a causa de su desobediencia y su alejamiento de Dios. El hombre es egoísta y no hay temor de Dios en él. Solo cuando Dios transforma el corazón del hombre, entonces puede el hombre seguir a Dios. Ningún hombre escoge venir a Dios de su propio capricho. Lo que si hace de su propio capricho es resistir a Dios.
Cuando la Biblia dice que "Dios ordena los pasos del hombre", eso NUNCA puede significar (en mi humilde entendimiento) que Dios los tiente o los mueva a pecar e ir en contra de su ley, aunque Dios puede permitirle que lo haga al no detenerlo para prevenir la maldad, y de esa forma hacer que se cumpla sus planes en su tiempo y en su hora especifica. Ps. Jorge Dianderas. — con Iglesia Bautista En Guadalajara y 38 personas más en Iglesia Bautista Jordán de Piñonate.

lunes, 28 de abril de 2014

Y no queréis venir a mí para que tengáis vida Por Charles Haddon Spurgeon En La Capilla New Park Street, Southwark, Londres.


"Y no queréis venir a mí para que tengáis vida." Juan 5:40


"Allí está la reina Cleopatra: con una corona sobre su cabeza, vestida con sus mantos reales, siendo velada en la sala mortuoria. ¡Pero qué escalofríos recorren tu cuerpo cuando pasas junto a ella! Aun en su muerte, se ve bella. ¡Pero cuán terrible es estar junto a un muerto, aun si se trata de una reina muerta, muy celebrada por su belleza majestuosa! Así también tú puedes tener una belleza gloriosa y ser atractivo, amable y simpático; te pones sobre tu cabeza la corona de la honestidad, y te vistes con los vestidos de la rectitud, pero a menos que Dios te haya dado vida ¡oh, hombre! a menos que el Espíritu haya obrado en tu alma, tú eres a los ojos de Dios tan desagradable, como ese frío cadáver es desagradable para ti.
Tú no elegirías vivir con un cadáver para que comparta tu mesa; tampoco a Dios le agrada tenerte ante sus ojos. Él está airado contigo cada día, pues tú estás en pecado: tú estás muerto. ¡Oh! Debes creer esto; deja que penetre en tu alma; aplícalo a ti, pues es muy cierto que estás muerto, tanto espiritualmente como legalmente."

Ahora debemos deciros las razones por las que el hombre no quiere venir a Cristo. La primera es que, por naturaleza, cree que no lo necesita. El hombre natural piensa que no tiene necesidad de Cristo, que su misma justicia es suficiente para cubrirle, que está bien vestido, que no está desnudo y que no necesita que la sangre de Jesús lo lave. No le hace falta. la gracia que lo purifique porque, ni está manchado, ni sus pecados son rojos como el carmesí. Ningún hombre conocerá su pobreza hasta que Dios se la muestre; y nunca buscará el perdón hasta que el Espíritu Santo le haga ver la necesidad que tiene de él. Yo podría estar predicando' a Cristo por toda la eternidad; pero a menos que sintáis que lo necesitáis, nunca vendréis a él. La farmacia puede estar llena de las mejores medicinas; pero nadie las comprará si antes no se siente enfermo.

Otra razón es porque a los hombres no les gusta la forma en que Cristo salva. Uno dice: "No me agrada porque me hace santo y no podré emborracharme ni blasfemar si soy salvo". Otro comenta: ''Me exige que sea recto y puritano, y, yo quisiera un poco más de liberta" A otro no le gusta porque es humillante; la "puerta del cielo" no es lo suficientemente alta como para entrar erguido, y a él no le gusta tener que encorvarse. Esta es la principal razón de que no queráis venir a Cristo: porque no podáis acercaos a él con la cabeza orgullosamente alzada; porque os hace inclinaros al ir a él. A otro no le gusta tampoco porque todo es de gracia, desde el principio hasta el final, y dice: "Si yo pudiera tener aunque sólo fuera un poco de honor ..." Pero oye que todo ha de ser de Cristo, que todo ha de ser por Cristo, o que no será nada, y decide "No iré"; vuelve sobre sus pasos y se aleja por sus propios caminos. ¡Ay de vosotros, orgullosos pecadores que no queréis venir a Cristo. ¡Ay de vosotros!, ignorantes pecadores que no queréis venir, porque no sabéis nada de él. Y ésta es la tercera razón.

Los hombres desconocen la excelencia de Cristo, porque si la conocieran vendrían a él. ¡Por qué no fue ningún marino a América antes que Colón? Porque no creían que existiera. Pero Colón tuvo fe, y fue. Aquel que tiene fe en Cristo va a él. Pero vosotros no conocéis a Jesús. Muchos nunca habéis visto cuán bella es su faz, cuán aplicable su sangre para los pecadores, cuán maravillosa su expiación, cuán suficientes sus méritos; y por eso ''no queréis venir a él''.

¡Oh!, queridos oyentes, oíd mí último y solemne pensamiento. He predicado que no vendréis, y alguno dirá: "Es el pecado el que no nos deja ir". ASÍ ES. Pero no por eso vuestra voluntad deja de ser responsable y pecaminosa. Hay quienes creen que, cuando predicamos esta doctrina, ponemos 'colchones de plumas" a la conciencia para que descanse; pero no es así. No consideramos esta imposibilidad como parte de la naturaleza original del hombre, sino como parte de su ser caído. Es el pecado el que os lleva a esta condición de no querer venir. Si no hubieseis caído, os entregaríais a Cristo la primera vez que se os predicara; pero no venís a causa de vuestros delitos y pecados. La gente se excusa a sí misma amparándose en su corazón corrompido; pero ésta es la excusa más fútil del mundo. No se justifican los robos y pillajes por un corazón malo. Imaginaos un ladrón que dijera al juez: "No pude evitarlo; tengo un corazón perdido". ¿Qué le contestaría? "¡Eres un canalla" !" tu corazón es malo, más dura será mi sentencia; porque eres verdaderamente un villano. Tu excusa es necia". Así también, el Todopoderoso, de los que así hablen, "se reirá de ellos y pondrálos por escarnio". No predicamos esta doctrina para que os sirva de excusa sino para humillaros. El tener una naturaleza corrompida es mi delito y mi terrible calamidad. Es un pecado que siempre pesará sobre los hombres. No quieren venir a Cristo, porque el pecado los mantiene lejos. Me temo que el que no predique esto, no es fiel a Dios y a su conciencia. Marchad a casa con este pensamiento: "Soy por naturaleza tan perverso, que no quiero ir a Cristo, y esa impía perversidad de mi ser es mi pecado. Merezco ser arrojado al infierno". Y si este pensamiento, en manos del Espíritu Santo, no os humilla, nadie más podrá hacerlo. Esta mañana no hemos ensalzado a la naturaleza humana, sino que la hemos derribado y abatido. Dios nos humille a todos. Amén.
El Púlpito de la Capilla New Park Street
El Libre Albedrío: Un Esclavo
NO. 52
Sermón predicado el Domingo 2 de Diciembre de 1855
Por Charles Haddon Spurgeon
En La Capilla New Park Street, Southwark, Londres.
"Y no queréis venir a mí para que tengáis vida." Juan 5:40 — conIglesia Bautista En Guadalajara y 42 personas más.

jueves, 24 de abril de 2014

Predicar el Evangelio

"Porque si anuncio el evangelio, no tengo de qué jactarme, porque me es impuesta necesidad; pues ¡ay de mí si no anuncio el evangelio!" --- 1 Corintios 9:16 (RVA)
Pues si anuncio el evangelio, no tengo por qué gloriarme; porque me es impuesta necesidad; y !!ay de mí si no anunciare el evangelio! --- 1 Corintios 9:16 (RV60)

El Púlpito de la Capilla New Park Street
Predicar el Evangelio

Sermón predicado el Domingo 5 de Agosto, 1855
El hombre más destacado de los tiempos apostólicos fue el apóstol Pablo. Él siempre fue grande en todo. Si se le considera como pecador, él fue en extremo pecador; si se le ve como perseguidor, él odiaba en extremo a los cristianos y los perseguía hasta ciudades lejanas; si se le toma como convertido, su conversión fue la más notable de todas las que hayamos leído, consumada por medio de un milagroso poder y por la propia voz de Jesús que le habló desde el cielo: "Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?" Si lo tomamos simplemente como cristiano, vemos que fue extraordinario, que amó a su Maestro más que otros, y buscaba mostrar, más que todos los demás, la gracia de Dios en su vida.

Pero si lo consideramos como apóstol y predicador de la Palabra, sobresale de manera eminente como el príncipe de los predicadores, que predicó incluso ante reyes y emperadores -como Agripa y Nerón- y, asimismo, estuvo frente a emperadores y reyes por causa del nombre de Cristo. Una característica de Pablo era que cualquier cosa que hiciera, la hacía con todo su corazón. Era del tipo de personas que no podía desempeñar una función a medias, ejercitando una parte de su cuerpo y dejando que la otra parte permaneciera indolente; sino que, cuando se ponía a trabajar, absolutamente todas sus energías -cada nervio, cada tendón- eran utilizadas al máximo en el trabajo que debía hacer, ya fuera trabajo del malo o del bueno.

Pablo, por tanto, podía hablar con toda la experiencia en lo tocante a su ministerio, puesto que él fue el mayor de los ministros. Todo lo que dice es importante; todo nos llega de lo profundo de su alma. Y podemos estar seguros de que cuando escribió esto, lo escribió con mano firme: "Si anuncio el evangelio, no tengo de qué jactarme, porque me es impuesta necesidad; pues ¡ay de mí si no anuncio el evangelio!"

Ahora bien, estoy convencido de que estas palabras de Pablo son aplicables a muchos ministros en nuestros días; a todos aquellos que tienen un llamado especial, que son guiados por el impulso interno del Espíritu Santo a ocupar la función de ministros del Evangelio. Al considerar este versículo, responderemos a tres preguntas el día de hoy: primero, ¿qué es predicar el Evangelio? En segundo lugar, ¿por qué el ministro no tiene de qué jactarse? Y en tercer lugar, ¿cuál es esa necesidad y esa preocupación involucradas en el versículo: "Porque me es impuesta necesidad; pues ¡ay de mí si no anuncio el evangelio!"?

I. La primera pregunta es: ¿Qué es predicar el Evangelio? Hay muchas respuestas para esta pregunta, y posiblemente aquí mismo, en mi audiencia (aunque yo creo que somos muy uniformes en nuestras convicciones doctrinales) pueden hallarse dos o hasta tres respuestas rápidamente disponibles a esta pregunta: ¿Qué es predicar el Evangelio? Intentaré, por tanto, responderla yo mismo de conformidad con mi propio juicio, con la ayuda de Dios, y si sucede que no es la respuesta correcta, están ustedes en completa libertad de encontrar una mejor, mediante su propio discernimiento.

1. La primera respuesta que daré a la pregunta es ésta: Predicar el Evangelio es exponer cada doctrina contenida en la Palabra de Dios, y dar a cada verdad su propia importancia. Los hombres pueden predicar una parte del Evangelio; pueden predicar únicamente una sola doctrina del Evangelio; y yo no diría que un hombre no predica en absoluto el Evangelio si sólo sostuviera la doctrina de la justificación por la fe, "Porque por gracia sois salvos por medio de la fe". Yo lo consideraría un ministro del Evangelio, pero es alguien que no predica todo el Evangelio. No puede afirmarse que un hombre predica el Evangelio completo de Dios, si hace a un lado, a sabiendas e intencionalmente, una sola verdad de nuestro bendito Dios.

Este comentario mío debe ser muy punzante y estallar en las conciencias de muchas personas que, casi como un asunto de principios, no comparten ciertas verdades con la gente debido a que temen esas verdades.

En una reciente conversación con un eminente creyente, hace un par de semanas, me decía: "señor, sabemos que no debemos predicar la doctrina de la elección, ya que no tiene la capacidad de convertir a los pecadores." Yo le respondí: "¿pero quién se atreve a identificar fallas en la verdad de Dios? Usted está de acuerdo conmigo en que la elección es una verdad y, sin embargo, usted afirma que no debe predicarse. Yo no me atrevería a afirmar algo así. Considero que es una arrogancia suprema atreverse a decir que una doctrina no debe predicarse, cuando Dios, en su suprema sabiduría, ha querido revelarla a los hombres."

Además, me preguntaría: ¿El fin de todo el Evangelio es convertir a los pecadores? Hay ciertas verdades que Dios bendice para conversión de los pecadores, pero ¿acaso no hay otras verdades destinadas a traer consuelo a los santos? Y, ¿no deberían, estas verdades, ser objeto del ministerio de la predicación, igual que las demás? ¿Debo tomar en cuenta unas y descartar otras? No: si Dios dice: "¡Consolad, consolad a mi pueblo!", si la elección consuela al pueblo de Dios, entonces debo predicarla. Sin embargo, no estoy tan convencido de que la doctrina de la elección no pueda convertir pecadores.

El gran Jonathan Edwards nos dice que, en el momento culminante de uno de sus avivamientos, predicaba acerca de la soberanía de Dios tanto en la salvación como en la condenación del hombre, y mostraba que Dios era infinitamente justo si enviaba a los hombres al infierno; que Él era infinitamente misericordioso si salvaba a algunos, y que todo provenía de Su inmerecida gracia soberana. Y decía: "No he encontrado ninguna otra doctrina que promueva tanta reflexión: nada encuentra un mejor camino al corazón del hombre que la predicación de esta verdad."

Lo mismo puede decirse de otras doctrinas. Hay ciertas verdades en la palabra de Dios que están condenadas al silencio; porque, en verdad, no deben expresarse, ya que, de acuerdo con las teorías que ciertas personas sostienen de estas doctrinas, no están orientadas a promover ciertos fines. Pero, ¿nos corresponde a nosotros juzgar la verdad de Dios? ¿Debemos poner Sus palabras en la balanza y decir: "Esto es bueno y esto es malo"? ¿Debemos tomar la Biblia y amputarla y decir: "Esto es paja y esto es grano"? ¿Debemos deshacernos de alguna de las verdades diciendo: "No me atrevo a predicarla"? No: Dios no lo quiera. Cualquier cosa que está escrita en la Palabra de Dios, está escrita para instrucción nuestra: toda ella es útil, ya sea para reprensión o para consuelo o para la instrucción en justicia. Ninguna verdad de la Palabra de Dios debe ocultarse, sino que cada porción de ella debe predicarse según su propio sentido.

Algunos hombres se limitan intencionalmente a cuatro o cinco tópicos que predican de manera continua. Si te aventuras a entrar a sus iglesias, naturalmente esperarás oírlos predicar sobre este versículo: "Ni de la voluntad de la carne, sino de Dios" o, si no, sobre este otro: "Elegidos conforme al previo conocimiento de Dios Padre." Ustedes saben muy bien que al entrar a esas iglesias escucharán únicamente acerca de la elección y que todo proviene de Dios. Esos individuos se equivocan tanto como los otros, dando demasiada importancia a una verdad y olvidando a las demás. Sobre cualquier cosa que deba predicarse -llámenla con el nombre que quieran-, la norma del verdadero cristiano es la Biblia, toda la Biblia y nada más que la Biblia.

Desgraciadamente, muchos forjan un círculo de hierro alrededor de sus doctrinas, y cualquiera que ose dar un paso mas allá de ese pequeño círculo, no es considerado como poseedor de sana doctrina. En ese caso, ¡Dios bendiga a los herejes! Señor, ¡envíanos más herejes! Muchos convierten a la teología en una especie de cilindro con cinco doctrinas que rotan de manera indefinida; nunca se aventuran a otros temas. Debe predicarse toda la verdad. Y si Dios ha escrito en Su palabra "El que no cree ya ha sido condenado", eso debe predicarse tanto como "Ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús". Si leo: "Oh Israel, tú te has destruido a ti mismo" (versión King James), la condenación de ese hombre es su propia obra; debo predicar eso al igual que la frase siguiente: "En Mí se encuentra tu ayuda" (versión King James).

Cada uno de nosotros, a quienes se nos ha confiado el ministerio, debe buscar predicar toda la verdad. Sé que puede resultar imposible tratar de decir toda la verdad. La alta colina de la verdad tiene brumas que envuelven su cima. Ningún ojo humano puede ver la cumbre; tampoco ningún pie humano la ha hollado alguna vez. Sin embargo, podemos intentar pintar la bruma, ya que no podemos pintar la cima. Intentemos describir el misterio, ya que no podemos explicarlo. No encubramos nada; si hay nubes en la cima de la montaña de la verdad, digamos: "Nube y oscuridad hay alrededor de ella." No lo neguemos; y no pensemos en reducir la montaña de acuerdo con nuestro propio estándar, simplemente porque no podemos ver la cima o porque no podemos alcanzar la cumbre. El que quiera predicar el Evangelio debe predicar todo el Evangelio. Quien quiera ser considerado un ministro fiel, no debe hacer a un lado ningún aspecto del Evangelio.

2. Nuevamente, si me preguntan: ¿Qué es predicar el Evangelio? Contesto que predicar el evangelio es exaltar a Jesucristo. Tal vez ésta sea la mejor respuesta que puedo ofrecer. Me entristece comprobar a menudo cuán poco se entiende el Evangelio, aun entre algunos de los mejores cristianos.

Hace algún tiempo una joven mujer se encontraba en medio de una gran tribulación en su alma; ella se acercó a un hombre cristiano muy piadoso, quien le dijo: "Mi querida amiga, debes irte a casa a orar." Yo pensé para mis adentros que eso no es nada bíblico. La Biblia no dice: "Vete a casa y ora." La pobre joven se fue a casa y oró y continuó sufriendo su tribulación. Él le dijo: "Debes tener paciencia, debes leer las Escrituras y estudiarlas." Eso tampoco es bíblico; eso no es exaltar a Cristo.

Encuentro que muchos predicadores están predicando esa clase de doctrina. Le dicen a un pobre pecador convencido: "Tienes que ir a casa y orar, y leer las Escrituras; debes asistir al culto...", etcétera. Obras, obras, obras, en vez de: "Por gracia sois salvos por medio de la fe." Yo le diría: "Cristo debe salvarte, cree en el nombre del Señor Jesucristo." Yo no le diría a nadie, en esas circunstancias, que ore o que lea las Escrituras o que asista al templo; le presentaría la fe, la fe simple en el Evangelio de Dios. No es que menosprecie la oración; eso debe venir después de la fe. No es que diga ni una palabra en contra de buscar en las Escrituras; ésa es una señal infalible de ser hijo de Dios. No es que tenga objeciones en contra de ir al templo a escuchar la palabra de Dios, ¡Dios no lo quiera! Me gozo viendo a la gente en el templo. Pero ninguna de esas cosas es el camino de la salvación. En ninguna parte está escrito: "El que asista al templo será salvo" o "El que lea la Biblia será salvo". No he leído en ninguna parte: "El que ore y sea bautizado será salvo"; pero sí: "El que cree" -el que tiene una fe desnuda en el "Hombre Cristo Jesús"- "en Su Divinidad, en Su humanidad, es librado del pecado. Predicar que sólo la fe salva es predicar la verdad de Dios."

Tampoco reconoceré a nadie como ministro del Evangelio, en ningún momento, si predica como plan de la salvación cualquier otra cosa que no sea la fe en Jesucristo; es la fe, la fe y solamente la fe en Su nombre. Pero la mayoría de las personas se encuentra enredada en sus propias ideas. Tenemos tanto concepto del trabajo almacenado en nuestro cerebro, tal idea del mérito y de las obras labrada en nuestros corazones, que nos resulta casi imposible predicar de manera clara y completa la justificación por la fe. Y si llegamos a hacerlo, entonces la gente no puede recibirla. Les decimos: "Cree en el Señor Jesús y serás salvo." Pero ellos tienen la noción de que la fe es algo tan maravilloso y misterioso, que es casi imposible que la puedan alcanzar sin tener que hacer algo más.

Sin embargo, esa fe que nos une al Cordero es un don instantáneo de Dios, y aquel que cree en el Señor Jesús es salvo en el momento, sin ningún otro requerimiento. ¡Ah!, mis amigos, ¿acaso no queremos exaltar más todavía a Cristo en nuestra predicación, y exaltar más aún a Cristo en nuestras vidas? La pobre María dijo: "Han sacado al Señor del sepulcro y no sabemos dónde le han puesto", y podría decir ahora lo mismo si saliera de la tumba. ¡Oh, que haya siempre un ministerio que sólo exalte a Cristo! ¡Oh, que la predicación siempre lo muestre a Él como Profeta, Sacerdote y Rey para Su pueblo! ¡Que el Espíritu manifieste al Hijo de Dios a Sus hijos a través de la predicación! Necesitamos tener una predicación que diga: "¡Mirad a mí y sed salvos, todos los confines de la tierra!"

¡Predicación del Calvario, teología del Calvario, libros sobre el Calvario, sermones sobre el Calvario! Éstas son las cosas que queremos y en la proporción en que el Calvario sea exaltado y Cristo sea engrandecido, en esa medida el Evangelio es predicado en nuestro medio.

3. La tercera respuesta a la pregunta planteada es: predicar el Evangelio es dar a los diferentes tipos de personas lo que requieran. "Sólo debes predicar al pueblo de Dios, cuando estés en ese púlpito", le dijo una vez un diácono a un ministro. El ministro respondió: "¿Has marcado a todo el pueblo de Dios en la espalda, para poder reconocerlo?" ¿De qué sirve esta gran capilla si sólo voy a predicar al amado pueblo de Dios? Son demasiado pocos. El amado pueblo de Dios puede caber en un pequeño salón. Tenemos aquí mucha gente que no pertenece al amado pueblo de Dios, mas ¿cómo puedo saber si la predicación que me piden que dirija al pueblo de Dios no puede también alcanzar a alguien más? Alguien podría decir por otro lado: "Por favor, predica a los pecadores. Si no predicas a los pecadores esta mañana, no habrías predicado el Evangelio. Te escucharemos sólo una vez, y tendremos la certeza de que no caminas correctamente, si no predicas particularmente a los pecadores en esta mañana, en este sermón en particular." ¡Qué tontería, mis amigos!

Hay momentos en que debe alimentarse a los hijos, y hay otras ocasiones en que debe advertirse a los pecadores. Hay propósitos diferentes para ocasiones diferentes. Si un ministro predica a los santos de Dios, y no dice nada a los pecadores, está actuando correctamente, siempre y cuando en otras oportunidades en que no esté consolando a los santos, dirija su atención de manera especial a los impíos. Escuché, el otro día, un buen comentario de un amigo mío muy inteligente. Una persona estaba criticando las fallas de Lecturas para la Mañana y para la Noche, del Dr. Hawker, ya que no tenían por objetivo la conversión de los pecadores. Mi amigo le dijo al caballero: "¿Has leído la Historia de Grecia escrita por Grote?" -"Sí". -"Pues bien, ¿no es cierto que ése es un libro chocante, puesto que no tiene por objetivo la conversión de los pecadores?" "Sí" -respondió el otro-, "pero la Historia de Grecia, escrita por Grote, no fue escrita para convertir a los pecadores." "No" -respondió mi amigo- "y si tú hubieras leído el prefacio de Lecturas para la Mañana y para la Noche, del Dr. Hawker, habrías visto que ese libro no fue escrito para convertir a los pecadores, sino para alimento del pueblo de Dios, y si cumple con ese objetivo, entonces el escritor ha sido sabio, aunque no haya tenido otro objetivo."

Cada grupo de personas debe recibir lo suyo. El que predica únicamente a los santos y sólo a ellos, no predica el Evangelio completo; el que predica únicamente a los pecadores y sólo a ellos, y nunca a los santos, no predica el Evangelio completo. Nosotros tenemos aquí una mezcla de todo. Tenemos al santo que está lleno de seguridad y es fuerte; tenemos al santo que es débil y de poca fe; tenemos al recién convertido; tenemos al hombre que duda entre dos opiniones; tenemos al hombre moral; tenemos al pecador; tenemos al réprobo; tenemos al marginado. Cada uno de esos grupos debe recibir su palabra. Cada uno de ellos debe recibir su porción de alimento a su tiempo; no en todo tiempo, sino a su debido tiempo. El predicador que olvida a alguno de esos grupos no sabe cómo predicar el Evangelio completo. ¡Qué! ¿Me pueden exigir que me limite en el púlpito a predicar ciertas verdades únicamente, para confortar a los santos? No lo puedo aceptar. Dios les da a los hombres corazones para que amen a su prójimo y, por tanto, deben desarrollar esos corazones. Si amo a los impíos, ¿no debo tener los medios para hablarles? ¿No puedo hablarles acerca del juicio venidero, de la justicia y de su propio pecado?

Dios no permita que yo corrompa de tal manera mi naturaleza y de tal manera me endurezca, que no llegue a derramar ninguna lágrima, cuando considere la perdición de los seres humanos que me rodean, y cuando de pie me dirija a ellos así: "¡Ustedes están muertos, por tanto no tengo nada que decirles a ustedes!" y cuando en realidad predique (aunque no sea con palabras) esa herejía tan abominable, que si los hombres están destinados a la salvación, entonces se salvarán, y que si no están destinados a la salvación, entonces no se salvarán; que entonces, necesariamente, deben quedarse quietos y no hacer absolutamente nada; y que no tiene ninguna importancia si viven en pecado o en justicia; un destino fatal los tiene aprisionados con cadenas inquebrantables y su destino está tan determinado que pueden continuar tranquilamente viviendo en pecado.

Creo que su destino está determinado. Como elegidos se salvarán, y si no son elegidos, están condenados para siempre. Sin embargo, no creo en la herejía -que se deriva como una inferencia- que establece que, por lo tanto, los hombres no son responsables y no deben hacer nada. Ésa es una herejía a la cual siempre me he opuesto, ya que es una doctrina del demonio y no de Dios. Creemos en el destino; creemos en la predestinación; creemos en que hay elegidos y no elegidos: pero, a pesar de ello, creemos que debemos predicar a los hombres: "Cree en el Señor Jesús y serás salvo", pero si no crees en Él, estás condenado.

4. Había pensado dar una respuesta adicional a la pregunta, pero no me alcanza el tiempo. La respuesta habría sido algo así como: predicar el Evangelio no es predicar ciertas verdades acerca del Evangelio; no es predicar acerca de la gente, sino predicar a la gente. Predicar el Evangelio no consiste en hablar sobre lo que el Evangelio es, sino en predicarlo al corazón, no por medio de tu propio poder, sino bajo la influencia del Espíritu Santo. No es estar en el púlpito y hablar como si nos estuviéramos dirigiendo al ángel Gabriel diciéndole ciertas cosas, sino hablar de hombre a hombre y derramar nuestro corazón en el corazón del compañero. Esto, creo yo, es predicar el Evangelio, y no pronunciar entre dientes algún árido manuscrito el domingo en la mañana o en la noche. Predicar el Evangelio no es mandar a un cura para que haga el trabajo por ti; no es vestir la ropa fina y pronunciar una altísima disertación. Predicar el Evangelio no es, con las manos de obispo, hacer una oración que constituye un bello ejemplar y luego ceder el púlpito para que una persona más humilde predique. No.

Predicar el Evangelio es proclamar con lengua de trompeta y celo encendido las inescrutables riquezas de Cristo Jesús, para que los hombres puedan oír, y entendiendo, puedan volverse a Dios con todo su corazón. Esto es predicar el Evangelio.

II. La segunda pregunta es: ¿POR QUÉ NO LES ES PERMITIDO A LOS MINISTROS GLORIARSE? "Porque si anuncio el evangelio, no tengo de qué jactarme." Hay maleza que puede crecer en cualquier parte, y una maleza que puede crecer es el ORGULLO. El orgullo puede crecer tanto en una roca como en un jardín. El orgullo crece en el corazón de un limpiabotas y crece en el corazón de un político. El orgullo crece en el corazón de una muchacha de servicio e igualmente crece en el corazón de su señora.

Y el orgullo puede también crecer en el púlpito. Es una hierba que se esparce de manera terrible. Requiere cortarse cada semana, pues, de otra forma, estaríamos hundidos hasta nuestras rodillas en él. Este púlpito es un excelente terreno para el orgullo. Crece de manera desenfrenada, y yo estoy seguro que difícilmente encontrarían a un predicador del Evangelio que no confiese que tiene una muy fuerte tentación hacia el orgullo. Yo supongo que incluso aquellos ministros sobre los que no se comenta nada, pero que son gente muy buena y tiene una iglesia en una ciudad grande a la que asisten al menos seis personas, sufren la tentación del orgullo.

Pero independientemente de que eso sea así o no, estoy seguro de que dondequiera que haya una gran asamblea y dondequiera que haya mucho ruido y agitación en relación a un hombre, hay allí un grave peligro de orgullo. Y, véanlo bien, entre más orgulloso sea un hombre, más estrepitosa será su caída al final. Si la gente sostiene en sus brazos en alto a un ministro y deja de sostenerlo y lo suelta, ¡qué golpazo se dará el pobre individuo al término de todo! Así les ha ocurrido a muchos. Muchos hombres han sido sostenidos en alto por los brazos de otros hombres; han sido sostenidos en alto por los brazos de la alabanza y no por la oración; estos brazos se han debilitado y han caído al suelo.

Digo que hay la tentación al orgullo en el púlpito; pero no hay razón para el orgullo en el púlpito; no hay terreno para que crezca el orgullo; pero crecerá de todas maneras. "No tengo de qué jactarme." Pero, a pesar de todo ello, a menudo se introduce algún motivo para enorgullecernos, no real, sino aparente para nosotros mismos.

1. Ahora, ¿cómo es que un verdadero ministro siente que "no tiene de qué jactarse"? Primero, porque está muy consciente de sus propias imperfecciones. Creo que nadie se formará una opinión más justa de sí mismo que quien es llamado constante e incesantemente a orar.

Una vez un hombre pensó que podía predicar, y cuando le fue permitido ocupar el púlpito, encontró que las palabras no fluían libremente como él esperaba y en un momento de ansiedad nerviosa y temor, se inclinó hacia delante sobre el púlpito y dijo: "Amigos míos, si ustedes se subieran al púlpito, perderían toda la soberbia que pudieran poseer." Creo que eso les pasaría a muchos, si intentaran alguna vez la predicación. Les quitaría la inclinación a criticar y les haría pensar que, después de todo, la predicación no es un trabajo fácil. Cuando se predica mejor es cuando se piensa que se ha predicado mal. Quien se ha fijado en la mente un elevado concepto de lo que debe ser la elocuencia y una arenga sincera, sabrá qué tan corto se queda. Él, mejor que nadie, puede reprobarse cuando reconoce su propia deficiencia. No creo que un hombre deba gloriarse cuando hace algo bien. Por otro lado, creo que él será el mejor juez de sus propias imperfecciones y que las verá claramente. Él sabe lo que debe ser: otros hombres no. Miran y ven y piensan que todo es maravilloso, mientras que el predicador piensa que todo es maravillosamente absurdo, y se retira meditando en las cosas en las que ha fallado.

Cualquier ministro verdadero sentirá sus deficiencias. Se comparará a sí mismo con hombres tales como Whitfield, con predicadores de la talla de los puritanos, y dirá: "¿Qué soy yo? Un enano al lado de un gigante; el montículo de un hormiguero al lado de una montaña." Cuando se retira a descansar el domingo por la noche, dará vueltas en su cama porque siente que erró el tiro, que no ha tenido la vehemencia, la solemnidad, la mortal intensidad de propósito que requería su función. Se reprochará por no haber enfatizado lo suficiente algún punto, o por haber evitado algún otro, o por no haber sido lo suficientemente explícito en algún tema en particular, o por haber considerado demasiado algún otro. Verá sus propias fallas, ya que Dios siempre disciplina a sus hijos en la noche, cuando han hecho algo mal. No necesitamos que otros nos reprendan; Dios mismo lo hace directamente. El ministro más honrado por Dios a menudo se sentirá deshonrado en su propia estima.

2. Además, otro medio que nos lleva a no jactarnos es el hecho de que Dios nos recuerda que todos nuestros dones son prestados. Y de manera sorprendente, al leer un periódico esta mañana, esta verdad me fue recordada: que todos nuestros dones son prestados. El artículo dice así: "La semana pasada, la quieta comunidad de Pueblo Nuevo fue trastornada por un evento que ha traído tristeza a la comunidad completa. Un caballero muy exitoso, que había obtenido un título universitario con honores, se ha vuelto loco desde hace algunos meses. Él había administrado una academia para la educación de jóvenes, pero su locura lo ha obligado a abandonar su ocupación, y desde hace algún tiempo ha vivido solo en una casa en esa comunidad. El casero obtuvo una orden de desalojo; y habiendo sido necesario esposarlo, lo dejaron negligentemente sentado en unas escaleras a la vista de una gran multitud, hasta que llegó el medio de transporte que lo condujo al asilo. Uno de sus alumnos (según el periódico) es el Sr. Spurgeon."

¡El hombre que me enseñó todo lo que sé en cuanto a conocimiento humano, se ha convertido en un loco de atar! Al darme cuenta de eso, sentí que podía doblar mi rodilla con humilde gratitud y dar gracias a Dios que mi razón no se ha tambaleado y que sus poderes permanecen intactos. ¡Oh, cuán agradecidos debemos estar de que nuestros talentos nos hayan sido preservados y que nuestra mente sea sana! Ninguna otra cosa me habría podido afectar más directamente. Ese gran hombre se había esforzado juntamente conmigo, un hombre de genio y habilidad; y ¡miren en lo que se había convertido! ¡Cómo ha caído! ¡Cómo ha caído! ¡Cuán velozmente la naturaleza humana cae desde la altura y se hunde por debajo del nivel de los animales!

¡Bendigan al Señor, amigos míos, por los talentos que les ha dado! ¡Den gracias al Señor por la razón y por el intelecto que poseen! Aunque éstos no sean muy sofisticados, responden a sus necesidades; y si los llegasen a perder, pronto se darían cuenta de la diferencia. Tengan mucho cuidado de no pensar en relación con cualquier tema: "¿No es ésta la gran Babilonia que yo edifiqué?" Siempre debemos recordar que tanto la cuchara de albañil como la mezcla nos vienen de Dios. La vida, la voz, el talento, la imaginación, la elocuencia, todos son dones de Dios; y quien haya recibido los mayores dones, debe sentir que a Dios pertenece el escudo de los poderosos, puesto que Él ha dado poder a Su pueblo y fortaleza a Sus siervos.

3. Otra respuesta a la pregunta. Otro medio que utiliza el Señor para preservar a sus ministros de la tendencia a jactarse, es éste: Él les hace sentir su dependencia constante del Espíritu Santo. Confieso que algunos ministros no sienten eso. Algunos se atreven a predicar sin el Espíritu de Dios o sin haberle orado. Pero pienso que ningún hombre que verdaderamente haya sido llamado de lo alto, se atreverá a hacer eso, sino más bien sentirá que necesita al Espíritu.

Una vez que me encontraba predicando en Escocia, el Espíritu de Dios quiso dejarme solo; no pude hablar como usualmente lo hago. Tuve la necesidad de decirle a la gente que el coche había perdido sus ruedas; que el coche se arrastraba pesadamente. He sentido el beneficio de eso desde entonces. Fui humillado amargamente y pude haberme arrastrado bajo la cáscara de una nuez o pude haberme escondido en cualquier oscuro rincón de la tierra. Sentí como si no debía hablar más en el nombre del Señor; y entonces me vino el pensamiento: "¡Oh!, eres una criatura ingrata, pues ¿no ha hablado Dios por tu medio cientos de veces? Y, por esta vez que no quiso hacerlo, ¿vas a reconvenir a Dios por eso? Más bien dale gracias por los cientos de veces que ha estado a tu lado; y si alguna vez te ha abandonado, entonces admira Su bondad de mantenerte humilde por este medio." Algunos pueden pensar que fue el poco estudio lo que me llevó a esa situación, pero puedo afirmar con toda honestidad, que no fue eso. Pienso que estoy obligado a estudiar con dedicación y así no tentar al Espíritu con sermones sin preparación. Usualmente considero mi deber pedir la guía del Señor para mis sermones y le imploro que lo grabe en mi mente; pero en esa ocasión, creo que me había preparado más cuidadosamente de como ordinariamente lo hago, de tal forma que la falta de preparación no era la causa. La simple causa fue: "El viento sopla de donde quiere", y los vientos no siempre son huracanados. En algunas ocasiones el viento está quieto. Y, por tanto, si me apoyo en el Espíritu, debo saber que no siempre sentiré su poder con la misma fuerza. ¿Qué haría yo sin la influencia celestial, ya que a ella le debo todo? Por medio de este pensamiento Dios humilla a los que le sirven. Dios nos enseñará cuánto lo necesitamos. No permitirá que pensemos que hacemos algo por nosotros mismos. "No -dice Él-, no te corresponde nada de la gloria. Voy a humillarte. ¿Estás pensando: yo hago esto? Te mostraré lo que eres sin Mí."

Vemos a Sansón ir tras los filisteos para atacarlos. Él se imagina que puede matarlos, pero los filisteos están encima de Sansón. Le sacan los ojos. Su gloria se esfuma, porque no confió en su Dios, sino que confiaba en sí mismo. Cada ministro será llevado a sentir su dependencia en el Espíritu; y entonces dirá con énfasis, igual que Pablo: "Porque si anuncio el evangelio, no tengo de qué jactarme."

III. Ahora viene la tercera pregunta, con la cual concluiremos este mensaje. ¿CUÁL ES ESA NECESIDAD QUE NOS ES IMPUESTA DE PREDICAR EL EVANGELIO?

1. En primer lugar, una gran parte de esa necesidad se debe al llamamiento mismo. Si un hombre es verdaderamente llamado por Dios para el ministerio, lo desafío a que se niegue a aceptar el llamamiento. Un hombre que verdaderamente tiene en su seno la inspiración del Espíritu Santo que lo ha llamado a predicar, no puede dejar de hacerlo. Tiene que predicar. Como fuego en los huesos, así será esa influencia hasta que proyecte sus llamas hacia fuera. Los amigos pueden querer frenarlo, los enemigos criticarlo, los despreciadores burlarse de él, pero el hombre es indomable; él tiene que predicar si tiene el llamado del cielo. Todo el mundo lo puede abandonar; pero él le predicaría a las áridas cumbres de las montañas. Si tiene el llamado del cielo, aunque no tenga una congregación, le predicaría a las cascadas y daría su voz a los riachuelos. No podría callarse. Sería una voz proclamando en el desierto: "Preparad el camino del Señor." No creo que se pueda detener a un ministro de la misma forma que no se puede detener a las estrellas del cielo. No creo que se pueda lograr que un ministro deje de predicar, si realmente tiene el llamado, de la misma manera que no se puede detener a las poderosas cataratas queriendo consumir sus aguas con la tacita de un niño.

El hombre que ha sido guiado por el cielo no puede ser detenido por nadie. Ha sido tocado por Dios y nadie le impedirá predicar. Volará sobre alas de águila y nadie podrá encadenarlo a la tierra. Hablará con la voz de un serafín y nadie podrá cerrar su boca. ¿No es su palabra como un fuego dentro de mí? ¿Debo de callar cuando Dios ha colocado su Palabra en mí? Y cuando un hombre habla de conformidad con lo que el Espíritu le da a hablar, siente un gozo semejante al cielo; y cuando termina desea volver a su trabajo de nuevo y ansía estar predicando nuevamente. Yo creo que los jóvenes que predican tan sólo una vez a la semana y piensan que ya han cumplido con su deber, no han sido llamados por Dios a una gran obra. Pienso que si Dios ha llamado a alguien, lo impulsará a predicar constantemente y sentirá que debe predicar en medio de las naciones, las riquezas inescrutables de Cristo.

2. Pero otra cosa nos hará predicar: sentiremos "¡ay de mí si no anuncio el Evangelio!" y ésa es la triste carencia de este pobre mundo caído.¡Oh ministro del Evangelio, haz un alto por un instante y piensa en tus pobres prójimos! ¡Velos como un arroyo, apresurándose a la eternidad; diez mil vuelan a su morada eterna cada solemne momento! ¡Mira el término de ese arroyo, esa tremenda catarata que lanza corrientes de almas al abismo! Oh, ministro, piensa que los hombres se condenan por millares cada hora, y que cada vez que late tu pulso, una nueva alma abre sus ojos en el infierno en medio de tormentos; piensa en cómo los hombres aceleran su camino a la destrucción, cómo "el amor de muchos se enfría" y "abunda la iniquidad". Te pregunto: ¿no sientes una gran necesidad? ¿No sientes el ¡ay de mí si no predico el Evangelio!?

Camina una tarde por las calles de Londres en el momento del ocaso, cuando la oscuridad abriga a la gente. ¿No ves a aquella ramera caminar veloz a su maldito trabajo? ¿No ves a miles y miles de millares lanzados a la ruina cada año? Del hospital y del asilo salen voces que dicen: "¡Ay de ti si no predicas el evangelio!" Acércate a ese gran edificio construido con paredes impresionantes; entra en los calabozos y mira allí a los ladrones que por años han gastado sus vidas en el pecado. Ábrete paso en alguna ocasión hacia la triste plaza de Newgate y mira al asesino ajusticiado. Una voz saldrá de cada institución correccional, de cada prisión, de cada patíbulo, diciendo: "¡Ay de ti si no predicas el evangelio!"

Acércate a las camas de los moribundos y observa cómo los hombres mueren en la ignorancia sin conocer los caminos del Señor. Mira el terror en sus rostros conforme se acercan a su Juez, sin haber conocido la salvación, sin haber siquiera conocido el camino; y mientras los ves temblando ante su Hacedor, escucha una voz: "Ministro, ay de ti si no predicas el evangelio."

Puedes también seguir otra ruta. Ve alrededor de esta gran metrópolis y párate a la puerta de algún lugar donde se escuchen el sonar de campanillas, cantos y música, pero bajo el total influjo de la ramera de Babilonia, donde las mentiras se predican como verdades; y cuando regreses a casa y pienses en los Papas, deja que una voz te recuerde: "Ministro, ay de ti si no predicas el evangelio." O entra en la habitación del infiel, donde blasfema en contra de su Hacedor; o asiste al teatro donde se ponen en escena obras llenas de lujuria y libertinaje, y de lo profundo de todos estos antros de vicio sale una voz: "Ministro, ay de ti si no predicas el evangelio." Y da una última caminata por las cámaras de los condenados; cuando pueda verse el abismo del infierno, párate frente a él y escucha:

"los tristes lamentos, las quejas vacías,
y los chillidos de fantasmas torturados."

Acerca tu oído a las puertas del infierno y por unos instantes escucha los gritos entremezclados y los alaridos de agonía y desesperación que te romperán los tímpanos; y cuando regreses de ese triste lugar con su música lúgubre aun produciéndote terror, escucharás la voz que te recuerda: "¡Ministro! ¡Ministro! ¡Ay de ti si no anuncias el evangelio!" Mantengamos estas cosas al alcance de nuestra vista y entonces tendremos que predicar. Si te dijeran: ¡Deja de predicar! ¡Deja de predicar! Responderías: Aunque el sol dejara de brillar, nosotros predicaríamos en la oscuridad. Aunque las mareas dejaran de existir en las playas, nuestra voz predicaría el Evangelio. Aunque el mundo dejara de girar, y los planetas detuvieran su curso, nosotros todavía predicaríamos el Evangelio. Hasta tanto que el centro encendido de la tierra no estalle a través de las gruesas estructuras de sus montañas abiertas, nosotros mientras predicaremos el Evangelio; hasta que la conflagración universal no disuelva la tierra, y la materia desaparezca, estos labios o los labios de otros ministros llamados por Dios tronarán llevando la voz de Jehová. No podemos evitarlo. "Porque me es impuesta necesidad"; sí, ¡ay de nosotros si no anunciamos el Evangelio!

Ahora, mis queridos hermanos, una palabra para ustedes. Algunas personas que me escuchan hoy son verdaderamente culpables a los ojos de Dios, porque ellos no predican el Evangelio. No puedo imaginar que de las mil quinientas o dos mil personas aquí presentes que escuchan mi voz, no haya personas calificadas para predicar el Evangelio, además de mí. No tengo tan mala opinión de ustedes para considerarme superior en intelecto a la mitad de ustedes, o aún en el poder de predicar la Palabra de Dios: y aun suponiendo que yo lo fuera, no puedo creer que tengo tal congregación que no haya muchos dotados de talentos y dones que no los puedan utilizar en la predicación de la Palabra.

Entre los Bautistas de Escocia existe la costumbre de invitar a los hermanos para que exhorten los domingos en la mañana; no tienen un ministro de planta que predique en esa ocasión, sino que cada hombre que se sienta inclinado a hacerlo, se levanta y habla. Todo eso está muy bien; sólo me temo que muchos hermanos sin las calificaciones adecuadas se convertirían en los mayores conferencistas, ya que es un hecho conocido que los hombres que tienen poco que decir, se tomarán el mayor tiempo; y, si yo presidiera, les diría: "Hermano, está escrito, habla para edificación." "Estoy seguro de que no te edificarías ni a ti mismo ni a tu esposa, intenta lograr eso primero y si no lo puedes lograr, no desperdicies nuestro precioso tiempo."

Lo repito nuevamente: no puedo dejar de creer que hay algunos presentes este día que son flores "desperdiciando su dulce aroma en el aire del desierto", joyas de brillantísima luz perdidas en las cavernas del mar del olvido. Éste es un asunto muy serio. Si hay talentos en la iglesia de New Park Street (la iglesia cuyo pastor era Spurgeon), espero que se desarrollen. Si hay predicadores en mi congregación, dejemos que prediquen. Muchos ministros se esfuerzan para limitar a los jóvenes en el asunto de la predicación. Aquí tienen mi mano, tal como es, para apoyar a cualquiera de ustedes que quiera decir a los pecadores por doquier cuán amado Salvador han encontrado. Quisiera descubrir muchos predicadores entre ustedes; quiera Dios que todos los servidores del Señor sean profetas. Hay algunos presentes que deberían ser profetas, excepto que están medio temerosos; bien, debemos encontrar para ellos el remedio para quitarles su timidez. No puedo soportar el pensamiento de que mientras el demonio pone a todos sus servidores a trabajar, haya un siervo de Jesucristo que esté dormido. Joven, cuando regreses a casa, examínate a ti mismo, date cuenta de cuáles son tus habilidades, y si descubres alguna habilidad, entonces haz la prueba en alguna pobre y humilde habitación y habla a una docena de pobres gentes acerca de lo que deben hacer para ser salvos. No necesitas tener aspiraciones de dedicarte de tiempo completo al ministerio, pero si Dios así lo quiere, entonces puedes aspirar a ello. El que desea un obispado buena cosa desea. De cualquier manera, busca predicar el Evangelio de Dios. He predicado este sermón de manera especial, porque deseo iniciar un movimiento que parta desde este lugar y que alcance a muchas personas. Quiero descubrir a algunos en mi iglesia, de ser posible, que prediquen el Evangelio. Y pongan atención, ustedes que tienen talento y poder, ¡ay de ustedes si no predican el Evangelio!

¡Pero mis amigos!, si se dice: Ay de nosotros si no predicamos el Evangelio, ¿cómo será el ay de ustedes si escuchan y no reciben el Evangelio? Dios quiera que escapemos de esa condenación. Que el Evangelio de Dios sea para nosotros sabor de vida para vida y no de muerte para muerte.
Por Charles Haddon Spurgeon.
 — con Jorge Dianderas y 43 personas más.