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jueves, 24 de abril de 2014

Predicar el Evangelio

"Porque si anuncio el evangelio, no tengo de qué jactarme, porque me es impuesta necesidad; pues ¡ay de mí si no anuncio el evangelio!" --- 1 Corintios 9:16 (RVA)
Pues si anuncio el evangelio, no tengo por qué gloriarme; porque me es impuesta necesidad; y !!ay de mí si no anunciare el evangelio! --- 1 Corintios 9:16 (RV60)

El Púlpito de la Capilla New Park Street
Predicar el Evangelio

Sermón predicado el Domingo 5 de Agosto, 1855
El hombre más destacado de los tiempos apostólicos fue el apóstol Pablo. Él siempre fue grande en todo. Si se le considera como pecador, él fue en extremo pecador; si se le ve como perseguidor, él odiaba en extremo a los cristianos y los perseguía hasta ciudades lejanas; si se le toma como convertido, su conversión fue la más notable de todas las que hayamos leído, consumada por medio de un milagroso poder y por la propia voz de Jesús que le habló desde el cielo: "Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?" Si lo tomamos simplemente como cristiano, vemos que fue extraordinario, que amó a su Maestro más que otros, y buscaba mostrar, más que todos los demás, la gracia de Dios en su vida.

Pero si lo consideramos como apóstol y predicador de la Palabra, sobresale de manera eminente como el príncipe de los predicadores, que predicó incluso ante reyes y emperadores -como Agripa y Nerón- y, asimismo, estuvo frente a emperadores y reyes por causa del nombre de Cristo. Una característica de Pablo era que cualquier cosa que hiciera, la hacía con todo su corazón. Era del tipo de personas que no podía desempeñar una función a medias, ejercitando una parte de su cuerpo y dejando que la otra parte permaneciera indolente; sino que, cuando se ponía a trabajar, absolutamente todas sus energías -cada nervio, cada tendón- eran utilizadas al máximo en el trabajo que debía hacer, ya fuera trabajo del malo o del bueno.

Pablo, por tanto, podía hablar con toda la experiencia en lo tocante a su ministerio, puesto que él fue el mayor de los ministros. Todo lo que dice es importante; todo nos llega de lo profundo de su alma. Y podemos estar seguros de que cuando escribió esto, lo escribió con mano firme: "Si anuncio el evangelio, no tengo de qué jactarme, porque me es impuesta necesidad; pues ¡ay de mí si no anuncio el evangelio!"

Ahora bien, estoy convencido de que estas palabras de Pablo son aplicables a muchos ministros en nuestros días; a todos aquellos que tienen un llamado especial, que son guiados por el impulso interno del Espíritu Santo a ocupar la función de ministros del Evangelio. Al considerar este versículo, responderemos a tres preguntas el día de hoy: primero, ¿qué es predicar el Evangelio? En segundo lugar, ¿por qué el ministro no tiene de qué jactarse? Y en tercer lugar, ¿cuál es esa necesidad y esa preocupación involucradas en el versículo: "Porque me es impuesta necesidad; pues ¡ay de mí si no anuncio el evangelio!"?

I. La primera pregunta es: ¿Qué es predicar el Evangelio? Hay muchas respuestas para esta pregunta, y posiblemente aquí mismo, en mi audiencia (aunque yo creo que somos muy uniformes en nuestras convicciones doctrinales) pueden hallarse dos o hasta tres respuestas rápidamente disponibles a esta pregunta: ¿Qué es predicar el Evangelio? Intentaré, por tanto, responderla yo mismo de conformidad con mi propio juicio, con la ayuda de Dios, y si sucede que no es la respuesta correcta, están ustedes en completa libertad de encontrar una mejor, mediante su propio discernimiento.

1. La primera respuesta que daré a la pregunta es ésta: Predicar el Evangelio es exponer cada doctrina contenida en la Palabra de Dios, y dar a cada verdad su propia importancia. Los hombres pueden predicar una parte del Evangelio; pueden predicar únicamente una sola doctrina del Evangelio; y yo no diría que un hombre no predica en absoluto el Evangelio si sólo sostuviera la doctrina de la justificación por la fe, "Porque por gracia sois salvos por medio de la fe". Yo lo consideraría un ministro del Evangelio, pero es alguien que no predica todo el Evangelio. No puede afirmarse que un hombre predica el Evangelio completo de Dios, si hace a un lado, a sabiendas e intencionalmente, una sola verdad de nuestro bendito Dios.

Este comentario mío debe ser muy punzante y estallar en las conciencias de muchas personas que, casi como un asunto de principios, no comparten ciertas verdades con la gente debido a que temen esas verdades.

En una reciente conversación con un eminente creyente, hace un par de semanas, me decía: "señor, sabemos que no debemos predicar la doctrina de la elección, ya que no tiene la capacidad de convertir a los pecadores." Yo le respondí: "¿pero quién se atreve a identificar fallas en la verdad de Dios? Usted está de acuerdo conmigo en que la elección es una verdad y, sin embargo, usted afirma que no debe predicarse. Yo no me atrevería a afirmar algo así. Considero que es una arrogancia suprema atreverse a decir que una doctrina no debe predicarse, cuando Dios, en su suprema sabiduría, ha querido revelarla a los hombres."

Además, me preguntaría: ¿El fin de todo el Evangelio es convertir a los pecadores? Hay ciertas verdades que Dios bendice para conversión de los pecadores, pero ¿acaso no hay otras verdades destinadas a traer consuelo a los santos? Y, ¿no deberían, estas verdades, ser objeto del ministerio de la predicación, igual que las demás? ¿Debo tomar en cuenta unas y descartar otras? No: si Dios dice: "¡Consolad, consolad a mi pueblo!", si la elección consuela al pueblo de Dios, entonces debo predicarla. Sin embargo, no estoy tan convencido de que la doctrina de la elección no pueda convertir pecadores.

El gran Jonathan Edwards nos dice que, en el momento culminante de uno de sus avivamientos, predicaba acerca de la soberanía de Dios tanto en la salvación como en la condenación del hombre, y mostraba que Dios era infinitamente justo si enviaba a los hombres al infierno; que Él era infinitamente misericordioso si salvaba a algunos, y que todo provenía de Su inmerecida gracia soberana. Y decía: "No he encontrado ninguna otra doctrina que promueva tanta reflexión: nada encuentra un mejor camino al corazón del hombre que la predicación de esta verdad."

Lo mismo puede decirse de otras doctrinas. Hay ciertas verdades en la palabra de Dios que están condenadas al silencio; porque, en verdad, no deben expresarse, ya que, de acuerdo con las teorías que ciertas personas sostienen de estas doctrinas, no están orientadas a promover ciertos fines. Pero, ¿nos corresponde a nosotros juzgar la verdad de Dios? ¿Debemos poner Sus palabras en la balanza y decir: "Esto es bueno y esto es malo"? ¿Debemos tomar la Biblia y amputarla y decir: "Esto es paja y esto es grano"? ¿Debemos deshacernos de alguna de las verdades diciendo: "No me atrevo a predicarla"? No: Dios no lo quiera. Cualquier cosa que está escrita en la Palabra de Dios, está escrita para instrucción nuestra: toda ella es útil, ya sea para reprensión o para consuelo o para la instrucción en justicia. Ninguna verdad de la Palabra de Dios debe ocultarse, sino que cada porción de ella debe predicarse según su propio sentido.

Algunos hombres se limitan intencionalmente a cuatro o cinco tópicos que predican de manera continua. Si te aventuras a entrar a sus iglesias, naturalmente esperarás oírlos predicar sobre este versículo: "Ni de la voluntad de la carne, sino de Dios" o, si no, sobre este otro: "Elegidos conforme al previo conocimiento de Dios Padre." Ustedes saben muy bien que al entrar a esas iglesias escucharán únicamente acerca de la elección y que todo proviene de Dios. Esos individuos se equivocan tanto como los otros, dando demasiada importancia a una verdad y olvidando a las demás. Sobre cualquier cosa que deba predicarse -llámenla con el nombre que quieran-, la norma del verdadero cristiano es la Biblia, toda la Biblia y nada más que la Biblia.

Desgraciadamente, muchos forjan un círculo de hierro alrededor de sus doctrinas, y cualquiera que ose dar un paso mas allá de ese pequeño círculo, no es considerado como poseedor de sana doctrina. En ese caso, ¡Dios bendiga a los herejes! Señor, ¡envíanos más herejes! Muchos convierten a la teología en una especie de cilindro con cinco doctrinas que rotan de manera indefinida; nunca se aventuran a otros temas. Debe predicarse toda la verdad. Y si Dios ha escrito en Su palabra "El que no cree ya ha sido condenado", eso debe predicarse tanto como "Ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús". Si leo: "Oh Israel, tú te has destruido a ti mismo" (versión King James), la condenación de ese hombre es su propia obra; debo predicar eso al igual que la frase siguiente: "En Mí se encuentra tu ayuda" (versión King James).

Cada uno de nosotros, a quienes se nos ha confiado el ministerio, debe buscar predicar toda la verdad. Sé que puede resultar imposible tratar de decir toda la verdad. La alta colina de la verdad tiene brumas que envuelven su cima. Ningún ojo humano puede ver la cumbre; tampoco ningún pie humano la ha hollado alguna vez. Sin embargo, podemos intentar pintar la bruma, ya que no podemos pintar la cima. Intentemos describir el misterio, ya que no podemos explicarlo. No encubramos nada; si hay nubes en la cima de la montaña de la verdad, digamos: "Nube y oscuridad hay alrededor de ella." No lo neguemos; y no pensemos en reducir la montaña de acuerdo con nuestro propio estándar, simplemente porque no podemos ver la cima o porque no podemos alcanzar la cumbre. El que quiera predicar el Evangelio debe predicar todo el Evangelio. Quien quiera ser considerado un ministro fiel, no debe hacer a un lado ningún aspecto del Evangelio.

2. Nuevamente, si me preguntan: ¿Qué es predicar el Evangelio? Contesto que predicar el evangelio es exaltar a Jesucristo. Tal vez ésta sea la mejor respuesta que puedo ofrecer. Me entristece comprobar a menudo cuán poco se entiende el Evangelio, aun entre algunos de los mejores cristianos.

Hace algún tiempo una joven mujer se encontraba en medio de una gran tribulación en su alma; ella se acercó a un hombre cristiano muy piadoso, quien le dijo: "Mi querida amiga, debes irte a casa a orar." Yo pensé para mis adentros que eso no es nada bíblico. La Biblia no dice: "Vete a casa y ora." La pobre joven se fue a casa y oró y continuó sufriendo su tribulación. Él le dijo: "Debes tener paciencia, debes leer las Escrituras y estudiarlas." Eso tampoco es bíblico; eso no es exaltar a Cristo.

Encuentro que muchos predicadores están predicando esa clase de doctrina. Le dicen a un pobre pecador convencido: "Tienes que ir a casa y orar, y leer las Escrituras; debes asistir al culto...", etcétera. Obras, obras, obras, en vez de: "Por gracia sois salvos por medio de la fe." Yo le diría: "Cristo debe salvarte, cree en el nombre del Señor Jesucristo." Yo no le diría a nadie, en esas circunstancias, que ore o que lea las Escrituras o que asista al templo; le presentaría la fe, la fe simple en el Evangelio de Dios. No es que menosprecie la oración; eso debe venir después de la fe. No es que diga ni una palabra en contra de buscar en las Escrituras; ésa es una señal infalible de ser hijo de Dios. No es que tenga objeciones en contra de ir al templo a escuchar la palabra de Dios, ¡Dios no lo quiera! Me gozo viendo a la gente en el templo. Pero ninguna de esas cosas es el camino de la salvación. En ninguna parte está escrito: "El que asista al templo será salvo" o "El que lea la Biblia será salvo". No he leído en ninguna parte: "El que ore y sea bautizado será salvo"; pero sí: "El que cree" -el que tiene una fe desnuda en el "Hombre Cristo Jesús"- "en Su Divinidad, en Su humanidad, es librado del pecado. Predicar que sólo la fe salva es predicar la verdad de Dios."

Tampoco reconoceré a nadie como ministro del Evangelio, en ningún momento, si predica como plan de la salvación cualquier otra cosa que no sea la fe en Jesucristo; es la fe, la fe y solamente la fe en Su nombre. Pero la mayoría de las personas se encuentra enredada en sus propias ideas. Tenemos tanto concepto del trabajo almacenado en nuestro cerebro, tal idea del mérito y de las obras labrada en nuestros corazones, que nos resulta casi imposible predicar de manera clara y completa la justificación por la fe. Y si llegamos a hacerlo, entonces la gente no puede recibirla. Les decimos: "Cree en el Señor Jesús y serás salvo." Pero ellos tienen la noción de que la fe es algo tan maravilloso y misterioso, que es casi imposible que la puedan alcanzar sin tener que hacer algo más.

Sin embargo, esa fe que nos une al Cordero es un don instantáneo de Dios, y aquel que cree en el Señor Jesús es salvo en el momento, sin ningún otro requerimiento. ¡Ah!, mis amigos, ¿acaso no queremos exaltar más todavía a Cristo en nuestra predicación, y exaltar más aún a Cristo en nuestras vidas? La pobre María dijo: "Han sacado al Señor del sepulcro y no sabemos dónde le han puesto", y podría decir ahora lo mismo si saliera de la tumba. ¡Oh, que haya siempre un ministerio que sólo exalte a Cristo! ¡Oh, que la predicación siempre lo muestre a Él como Profeta, Sacerdote y Rey para Su pueblo! ¡Que el Espíritu manifieste al Hijo de Dios a Sus hijos a través de la predicación! Necesitamos tener una predicación que diga: "¡Mirad a mí y sed salvos, todos los confines de la tierra!"

¡Predicación del Calvario, teología del Calvario, libros sobre el Calvario, sermones sobre el Calvario! Éstas son las cosas que queremos y en la proporción en que el Calvario sea exaltado y Cristo sea engrandecido, en esa medida el Evangelio es predicado en nuestro medio.

3. La tercera respuesta a la pregunta planteada es: predicar el Evangelio es dar a los diferentes tipos de personas lo que requieran. "Sólo debes predicar al pueblo de Dios, cuando estés en ese púlpito", le dijo una vez un diácono a un ministro. El ministro respondió: "¿Has marcado a todo el pueblo de Dios en la espalda, para poder reconocerlo?" ¿De qué sirve esta gran capilla si sólo voy a predicar al amado pueblo de Dios? Son demasiado pocos. El amado pueblo de Dios puede caber en un pequeño salón. Tenemos aquí mucha gente que no pertenece al amado pueblo de Dios, mas ¿cómo puedo saber si la predicación que me piden que dirija al pueblo de Dios no puede también alcanzar a alguien más? Alguien podría decir por otro lado: "Por favor, predica a los pecadores. Si no predicas a los pecadores esta mañana, no habrías predicado el Evangelio. Te escucharemos sólo una vez, y tendremos la certeza de que no caminas correctamente, si no predicas particularmente a los pecadores en esta mañana, en este sermón en particular." ¡Qué tontería, mis amigos!

Hay momentos en que debe alimentarse a los hijos, y hay otras ocasiones en que debe advertirse a los pecadores. Hay propósitos diferentes para ocasiones diferentes. Si un ministro predica a los santos de Dios, y no dice nada a los pecadores, está actuando correctamente, siempre y cuando en otras oportunidades en que no esté consolando a los santos, dirija su atención de manera especial a los impíos. Escuché, el otro día, un buen comentario de un amigo mío muy inteligente. Una persona estaba criticando las fallas de Lecturas para la Mañana y para la Noche, del Dr. Hawker, ya que no tenían por objetivo la conversión de los pecadores. Mi amigo le dijo al caballero: "¿Has leído la Historia de Grecia escrita por Grote?" -"Sí". -"Pues bien, ¿no es cierto que ése es un libro chocante, puesto que no tiene por objetivo la conversión de los pecadores?" "Sí" -respondió el otro-, "pero la Historia de Grecia, escrita por Grote, no fue escrita para convertir a los pecadores." "No" -respondió mi amigo- "y si tú hubieras leído el prefacio de Lecturas para la Mañana y para la Noche, del Dr. Hawker, habrías visto que ese libro no fue escrito para convertir a los pecadores, sino para alimento del pueblo de Dios, y si cumple con ese objetivo, entonces el escritor ha sido sabio, aunque no haya tenido otro objetivo."

Cada grupo de personas debe recibir lo suyo. El que predica únicamente a los santos y sólo a ellos, no predica el Evangelio completo; el que predica únicamente a los pecadores y sólo a ellos, y nunca a los santos, no predica el Evangelio completo. Nosotros tenemos aquí una mezcla de todo. Tenemos al santo que está lleno de seguridad y es fuerte; tenemos al santo que es débil y de poca fe; tenemos al recién convertido; tenemos al hombre que duda entre dos opiniones; tenemos al hombre moral; tenemos al pecador; tenemos al réprobo; tenemos al marginado. Cada uno de esos grupos debe recibir su palabra. Cada uno de ellos debe recibir su porción de alimento a su tiempo; no en todo tiempo, sino a su debido tiempo. El predicador que olvida a alguno de esos grupos no sabe cómo predicar el Evangelio completo. ¡Qué! ¿Me pueden exigir que me limite en el púlpito a predicar ciertas verdades únicamente, para confortar a los santos? No lo puedo aceptar. Dios les da a los hombres corazones para que amen a su prójimo y, por tanto, deben desarrollar esos corazones. Si amo a los impíos, ¿no debo tener los medios para hablarles? ¿No puedo hablarles acerca del juicio venidero, de la justicia y de su propio pecado?

Dios no permita que yo corrompa de tal manera mi naturaleza y de tal manera me endurezca, que no llegue a derramar ninguna lágrima, cuando considere la perdición de los seres humanos que me rodean, y cuando de pie me dirija a ellos así: "¡Ustedes están muertos, por tanto no tengo nada que decirles a ustedes!" y cuando en realidad predique (aunque no sea con palabras) esa herejía tan abominable, que si los hombres están destinados a la salvación, entonces se salvarán, y que si no están destinados a la salvación, entonces no se salvarán; que entonces, necesariamente, deben quedarse quietos y no hacer absolutamente nada; y que no tiene ninguna importancia si viven en pecado o en justicia; un destino fatal los tiene aprisionados con cadenas inquebrantables y su destino está tan determinado que pueden continuar tranquilamente viviendo en pecado.

Creo que su destino está determinado. Como elegidos se salvarán, y si no son elegidos, están condenados para siempre. Sin embargo, no creo en la herejía -que se deriva como una inferencia- que establece que, por lo tanto, los hombres no son responsables y no deben hacer nada. Ésa es una herejía a la cual siempre me he opuesto, ya que es una doctrina del demonio y no de Dios. Creemos en el destino; creemos en la predestinación; creemos en que hay elegidos y no elegidos: pero, a pesar de ello, creemos que debemos predicar a los hombres: "Cree en el Señor Jesús y serás salvo", pero si no crees en Él, estás condenado.

4. Había pensado dar una respuesta adicional a la pregunta, pero no me alcanza el tiempo. La respuesta habría sido algo así como: predicar el Evangelio no es predicar ciertas verdades acerca del Evangelio; no es predicar acerca de la gente, sino predicar a la gente. Predicar el Evangelio no consiste en hablar sobre lo que el Evangelio es, sino en predicarlo al corazón, no por medio de tu propio poder, sino bajo la influencia del Espíritu Santo. No es estar en el púlpito y hablar como si nos estuviéramos dirigiendo al ángel Gabriel diciéndole ciertas cosas, sino hablar de hombre a hombre y derramar nuestro corazón en el corazón del compañero. Esto, creo yo, es predicar el Evangelio, y no pronunciar entre dientes algún árido manuscrito el domingo en la mañana o en la noche. Predicar el Evangelio no es mandar a un cura para que haga el trabajo por ti; no es vestir la ropa fina y pronunciar una altísima disertación. Predicar el Evangelio no es, con las manos de obispo, hacer una oración que constituye un bello ejemplar y luego ceder el púlpito para que una persona más humilde predique. No.

Predicar el Evangelio es proclamar con lengua de trompeta y celo encendido las inescrutables riquezas de Cristo Jesús, para que los hombres puedan oír, y entendiendo, puedan volverse a Dios con todo su corazón. Esto es predicar el Evangelio.

II. La segunda pregunta es: ¿POR QUÉ NO LES ES PERMITIDO A LOS MINISTROS GLORIARSE? "Porque si anuncio el evangelio, no tengo de qué jactarme." Hay maleza que puede crecer en cualquier parte, y una maleza que puede crecer es el ORGULLO. El orgullo puede crecer tanto en una roca como en un jardín. El orgullo crece en el corazón de un limpiabotas y crece en el corazón de un político. El orgullo crece en el corazón de una muchacha de servicio e igualmente crece en el corazón de su señora.

Y el orgullo puede también crecer en el púlpito. Es una hierba que se esparce de manera terrible. Requiere cortarse cada semana, pues, de otra forma, estaríamos hundidos hasta nuestras rodillas en él. Este púlpito es un excelente terreno para el orgullo. Crece de manera desenfrenada, y yo estoy seguro que difícilmente encontrarían a un predicador del Evangelio que no confiese que tiene una muy fuerte tentación hacia el orgullo. Yo supongo que incluso aquellos ministros sobre los que no se comenta nada, pero que son gente muy buena y tiene una iglesia en una ciudad grande a la que asisten al menos seis personas, sufren la tentación del orgullo.

Pero independientemente de que eso sea así o no, estoy seguro de que dondequiera que haya una gran asamblea y dondequiera que haya mucho ruido y agitación en relación a un hombre, hay allí un grave peligro de orgullo. Y, véanlo bien, entre más orgulloso sea un hombre, más estrepitosa será su caída al final. Si la gente sostiene en sus brazos en alto a un ministro y deja de sostenerlo y lo suelta, ¡qué golpazo se dará el pobre individuo al término de todo! Así les ha ocurrido a muchos. Muchos hombres han sido sostenidos en alto por los brazos de otros hombres; han sido sostenidos en alto por los brazos de la alabanza y no por la oración; estos brazos se han debilitado y han caído al suelo.

Digo que hay la tentación al orgullo en el púlpito; pero no hay razón para el orgullo en el púlpito; no hay terreno para que crezca el orgullo; pero crecerá de todas maneras. "No tengo de qué jactarme." Pero, a pesar de todo ello, a menudo se introduce algún motivo para enorgullecernos, no real, sino aparente para nosotros mismos.

1. Ahora, ¿cómo es que un verdadero ministro siente que "no tiene de qué jactarse"? Primero, porque está muy consciente de sus propias imperfecciones. Creo que nadie se formará una opinión más justa de sí mismo que quien es llamado constante e incesantemente a orar.

Una vez un hombre pensó que podía predicar, y cuando le fue permitido ocupar el púlpito, encontró que las palabras no fluían libremente como él esperaba y en un momento de ansiedad nerviosa y temor, se inclinó hacia delante sobre el púlpito y dijo: "Amigos míos, si ustedes se subieran al púlpito, perderían toda la soberbia que pudieran poseer." Creo que eso les pasaría a muchos, si intentaran alguna vez la predicación. Les quitaría la inclinación a criticar y les haría pensar que, después de todo, la predicación no es un trabajo fácil. Cuando se predica mejor es cuando se piensa que se ha predicado mal. Quien se ha fijado en la mente un elevado concepto de lo que debe ser la elocuencia y una arenga sincera, sabrá qué tan corto se queda. Él, mejor que nadie, puede reprobarse cuando reconoce su propia deficiencia. No creo que un hombre deba gloriarse cuando hace algo bien. Por otro lado, creo que él será el mejor juez de sus propias imperfecciones y que las verá claramente. Él sabe lo que debe ser: otros hombres no. Miran y ven y piensan que todo es maravilloso, mientras que el predicador piensa que todo es maravillosamente absurdo, y se retira meditando en las cosas en las que ha fallado.

Cualquier ministro verdadero sentirá sus deficiencias. Se comparará a sí mismo con hombres tales como Whitfield, con predicadores de la talla de los puritanos, y dirá: "¿Qué soy yo? Un enano al lado de un gigante; el montículo de un hormiguero al lado de una montaña." Cuando se retira a descansar el domingo por la noche, dará vueltas en su cama porque siente que erró el tiro, que no ha tenido la vehemencia, la solemnidad, la mortal intensidad de propósito que requería su función. Se reprochará por no haber enfatizado lo suficiente algún punto, o por haber evitado algún otro, o por no haber sido lo suficientemente explícito en algún tema en particular, o por haber considerado demasiado algún otro. Verá sus propias fallas, ya que Dios siempre disciplina a sus hijos en la noche, cuando han hecho algo mal. No necesitamos que otros nos reprendan; Dios mismo lo hace directamente. El ministro más honrado por Dios a menudo se sentirá deshonrado en su propia estima.

2. Además, otro medio que nos lleva a no jactarnos es el hecho de que Dios nos recuerda que todos nuestros dones son prestados. Y de manera sorprendente, al leer un periódico esta mañana, esta verdad me fue recordada: que todos nuestros dones son prestados. El artículo dice así: "La semana pasada, la quieta comunidad de Pueblo Nuevo fue trastornada por un evento que ha traído tristeza a la comunidad completa. Un caballero muy exitoso, que había obtenido un título universitario con honores, se ha vuelto loco desde hace algunos meses. Él había administrado una academia para la educación de jóvenes, pero su locura lo ha obligado a abandonar su ocupación, y desde hace algún tiempo ha vivido solo en una casa en esa comunidad. El casero obtuvo una orden de desalojo; y habiendo sido necesario esposarlo, lo dejaron negligentemente sentado en unas escaleras a la vista de una gran multitud, hasta que llegó el medio de transporte que lo condujo al asilo. Uno de sus alumnos (según el periódico) es el Sr. Spurgeon."

¡El hombre que me enseñó todo lo que sé en cuanto a conocimiento humano, se ha convertido en un loco de atar! Al darme cuenta de eso, sentí que podía doblar mi rodilla con humilde gratitud y dar gracias a Dios que mi razón no se ha tambaleado y que sus poderes permanecen intactos. ¡Oh, cuán agradecidos debemos estar de que nuestros talentos nos hayan sido preservados y que nuestra mente sea sana! Ninguna otra cosa me habría podido afectar más directamente. Ese gran hombre se había esforzado juntamente conmigo, un hombre de genio y habilidad; y ¡miren en lo que se había convertido! ¡Cómo ha caído! ¡Cómo ha caído! ¡Cuán velozmente la naturaleza humana cae desde la altura y se hunde por debajo del nivel de los animales!

¡Bendigan al Señor, amigos míos, por los talentos que les ha dado! ¡Den gracias al Señor por la razón y por el intelecto que poseen! Aunque éstos no sean muy sofisticados, responden a sus necesidades; y si los llegasen a perder, pronto se darían cuenta de la diferencia. Tengan mucho cuidado de no pensar en relación con cualquier tema: "¿No es ésta la gran Babilonia que yo edifiqué?" Siempre debemos recordar que tanto la cuchara de albañil como la mezcla nos vienen de Dios. La vida, la voz, el talento, la imaginación, la elocuencia, todos son dones de Dios; y quien haya recibido los mayores dones, debe sentir que a Dios pertenece el escudo de los poderosos, puesto que Él ha dado poder a Su pueblo y fortaleza a Sus siervos.

3. Otra respuesta a la pregunta. Otro medio que utiliza el Señor para preservar a sus ministros de la tendencia a jactarse, es éste: Él les hace sentir su dependencia constante del Espíritu Santo. Confieso que algunos ministros no sienten eso. Algunos se atreven a predicar sin el Espíritu de Dios o sin haberle orado. Pero pienso que ningún hombre que verdaderamente haya sido llamado de lo alto, se atreverá a hacer eso, sino más bien sentirá que necesita al Espíritu.

Una vez que me encontraba predicando en Escocia, el Espíritu de Dios quiso dejarme solo; no pude hablar como usualmente lo hago. Tuve la necesidad de decirle a la gente que el coche había perdido sus ruedas; que el coche se arrastraba pesadamente. He sentido el beneficio de eso desde entonces. Fui humillado amargamente y pude haberme arrastrado bajo la cáscara de una nuez o pude haberme escondido en cualquier oscuro rincón de la tierra. Sentí como si no debía hablar más en el nombre del Señor; y entonces me vino el pensamiento: "¡Oh!, eres una criatura ingrata, pues ¿no ha hablado Dios por tu medio cientos de veces? Y, por esta vez que no quiso hacerlo, ¿vas a reconvenir a Dios por eso? Más bien dale gracias por los cientos de veces que ha estado a tu lado; y si alguna vez te ha abandonado, entonces admira Su bondad de mantenerte humilde por este medio." Algunos pueden pensar que fue el poco estudio lo que me llevó a esa situación, pero puedo afirmar con toda honestidad, que no fue eso. Pienso que estoy obligado a estudiar con dedicación y así no tentar al Espíritu con sermones sin preparación. Usualmente considero mi deber pedir la guía del Señor para mis sermones y le imploro que lo grabe en mi mente; pero en esa ocasión, creo que me había preparado más cuidadosamente de como ordinariamente lo hago, de tal forma que la falta de preparación no era la causa. La simple causa fue: "El viento sopla de donde quiere", y los vientos no siempre son huracanados. En algunas ocasiones el viento está quieto. Y, por tanto, si me apoyo en el Espíritu, debo saber que no siempre sentiré su poder con la misma fuerza. ¿Qué haría yo sin la influencia celestial, ya que a ella le debo todo? Por medio de este pensamiento Dios humilla a los que le sirven. Dios nos enseñará cuánto lo necesitamos. No permitirá que pensemos que hacemos algo por nosotros mismos. "No -dice Él-, no te corresponde nada de la gloria. Voy a humillarte. ¿Estás pensando: yo hago esto? Te mostraré lo que eres sin Mí."

Vemos a Sansón ir tras los filisteos para atacarlos. Él se imagina que puede matarlos, pero los filisteos están encima de Sansón. Le sacan los ojos. Su gloria se esfuma, porque no confió en su Dios, sino que confiaba en sí mismo. Cada ministro será llevado a sentir su dependencia en el Espíritu; y entonces dirá con énfasis, igual que Pablo: "Porque si anuncio el evangelio, no tengo de qué jactarme."

III. Ahora viene la tercera pregunta, con la cual concluiremos este mensaje. ¿CUÁL ES ESA NECESIDAD QUE NOS ES IMPUESTA DE PREDICAR EL EVANGELIO?

1. En primer lugar, una gran parte de esa necesidad se debe al llamamiento mismo. Si un hombre es verdaderamente llamado por Dios para el ministerio, lo desafío a que se niegue a aceptar el llamamiento. Un hombre que verdaderamente tiene en su seno la inspiración del Espíritu Santo que lo ha llamado a predicar, no puede dejar de hacerlo. Tiene que predicar. Como fuego en los huesos, así será esa influencia hasta que proyecte sus llamas hacia fuera. Los amigos pueden querer frenarlo, los enemigos criticarlo, los despreciadores burlarse de él, pero el hombre es indomable; él tiene que predicar si tiene el llamado del cielo. Todo el mundo lo puede abandonar; pero él le predicaría a las áridas cumbres de las montañas. Si tiene el llamado del cielo, aunque no tenga una congregación, le predicaría a las cascadas y daría su voz a los riachuelos. No podría callarse. Sería una voz proclamando en el desierto: "Preparad el camino del Señor." No creo que se pueda detener a un ministro de la misma forma que no se puede detener a las estrellas del cielo. No creo que se pueda lograr que un ministro deje de predicar, si realmente tiene el llamado, de la misma manera que no se puede detener a las poderosas cataratas queriendo consumir sus aguas con la tacita de un niño.

El hombre que ha sido guiado por el cielo no puede ser detenido por nadie. Ha sido tocado por Dios y nadie le impedirá predicar. Volará sobre alas de águila y nadie podrá encadenarlo a la tierra. Hablará con la voz de un serafín y nadie podrá cerrar su boca. ¿No es su palabra como un fuego dentro de mí? ¿Debo de callar cuando Dios ha colocado su Palabra en mí? Y cuando un hombre habla de conformidad con lo que el Espíritu le da a hablar, siente un gozo semejante al cielo; y cuando termina desea volver a su trabajo de nuevo y ansía estar predicando nuevamente. Yo creo que los jóvenes que predican tan sólo una vez a la semana y piensan que ya han cumplido con su deber, no han sido llamados por Dios a una gran obra. Pienso que si Dios ha llamado a alguien, lo impulsará a predicar constantemente y sentirá que debe predicar en medio de las naciones, las riquezas inescrutables de Cristo.

2. Pero otra cosa nos hará predicar: sentiremos "¡ay de mí si no anuncio el Evangelio!" y ésa es la triste carencia de este pobre mundo caído.¡Oh ministro del Evangelio, haz un alto por un instante y piensa en tus pobres prójimos! ¡Velos como un arroyo, apresurándose a la eternidad; diez mil vuelan a su morada eterna cada solemne momento! ¡Mira el término de ese arroyo, esa tremenda catarata que lanza corrientes de almas al abismo! Oh, ministro, piensa que los hombres se condenan por millares cada hora, y que cada vez que late tu pulso, una nueva alma abre sus ojos en el infierno en medio de tormentos; piensa en cómo los hombres aceleran su camino a la destrucción, cómo "el amor de muchos se enfría" y "abunda la iniquidad". Te pregunto: ¿no sientes una gran necesidad? ¿No sientes el ¡ay de mí si no predico el Evangelio!?

Camina una tarde por las calles de Londres en el momento del ocaso, cuando la oscuridad abriga a la gente. ¿No ves a aquella ramera caminar veloz a su maldito trabajo? ¿No ves a miles y miles de millares lanzados a la ruina cada año? Del hospital y del asilo salen voces que dicen: "¡Ay de ti si no predicas el evangelio!" Acércate a ese gran edificio construido con paredes impresionantes; entra en los calabozos y mira allí a los ladrones que por años han gastado sus vidas en el pecado. Ábrete paso en alguna ocasión hacia la triste plaza de Newgate y mira al asesino ajusticiado. Una voz saldrá de cada institución correccional, de cada prisión, de cada patíbulo, diciendo: "¡Ay de ti si no predicas el evangelio!"

Acércate a las camas de los moribundos y observa cómo los hombres mueren en la ignorancia sin conocer los caminos del Señor. Mira el terror en sus rostros conforme se acercan a su Juez, sin haber conocido la salvación, sin haber siquiera conocido el camino; y mientras los ves temblando ante su Hacedor, escucha una voz: "Ministro, ay de ti si no predicas el evangelio."

Puedes también seguir otra ruta. Ve alrededor de esta gran metrópolis y párate a la puerta de algún lugar donde se escuchen el sonar de campanillas, cantos y música, pero bajo el total influjo de la ramera de Babilonia, donde las mentiras se predican como verdades; y cuando regreses a casa y pienses en los Papas, deja que una voz te recuerde: "Ministro, ay de ti si no predicas el evangelio." O entra en la habitación del infiel, donde blasfema en contra de su Hacedor; o asiste al teatro donde se ponen en escena obras llenas de lujuria y libertinaje, y de lo profundo de todos estos antros de vicio sale una voz: "Ministro, ay de ti si no predicas el evangelio." Y da una última caminata por las cámaras de los condenados; cuando pueda verse el abismo del infierno, párate frente a él y escucha:

"los tristes lamentos, las quejas vacías,
y los chillidos de fantasmas torturados."

Acerca tu oído a las puertas del infierno y por unos instantes escucha los gritos entremezclados y los alaridos de agonía y desesperación que te romperán los tímpanos; y cuando regreses de ese triste lugar con su música lúgubre aun produciéndote terror, escucharás la voz que te recuerda: "¡Ministro! ¡Ministro! ¡Ay de ti si no anuncias el evangelio!" Mantengamos estas cosas al alcance de nuestra vista y entonces tendremos que predicar. Si te dijeran: ¡Deja de predicar! ¡Deja de predicar! Responderías: Aunque el sol dejara de brillar, nosotros predicaríamos en la oscuridad. Aunque las mareas dejaran de existir en las playas, nuestra voz predicaría el Evangelio. Aunque el mundo dejara de girar, y los planetas detuvieran su curso, nosotros todavía predicaríamos el Evangelio. Hasta tanto que el centro encendido de la tierra no estalle a través de las gruesas estructuras de sus montañas abiertas, nosotros mientras predicaremos el Evangelio; hasta que la conflagración universal no disuelva la tierra, y la materia desaparezca, estos labios o los labios de otros ministros llamados por Dios tronarán llevando la voz de Jehová. No podemos evitarlo. "Porque me es impuesta necesidad"; sí, ¡ay de nosotros si no anunciamos el Evangelio!

Ahora, mis queridos hermanos, una palabra para ustedes. Algunas personas que me escuchan hoy son verdaderamente culpables a los ojos de Dios, porque ellos no predican el Evangelio. No puedo imaginar que de las mil quinientas o dos mil personas aquí presentes que escuchan mi voz, no haya personas calificadas para predicar el Evangelio, además de mí. No tengo tan mala opinión de ustedes para considerarme superior en intelecto a la mitad de ustedes, o aún en el poder de predicar la Palabra de Dios: y aun suponiendo que yo lo fuera, no puedo creer que tengo tal congregación que no haya muchos dotados de talentos y dones que no los puedan utilizar en la predicación de la Palabra.

Entre los Bautistas de Escocia existe la costumbre de invitar a los hermanos para que exhorten los domingos en la mañana; no tienen un ministro de planta que predique en esa ocasión, sino que cada hombre que se sienta inclinado a hacerlo, se levanta y habla. Todo eso está muy bien; sólo me temo que muchos hermanos sin las calificaciones adecuadas se convertirían en los mayores conferencistas, ya que es un hecho conocido que los hombres que tienen poco que decir, se tomarán el mayor tiempo; y, si yo presidiera, les diría: "Hermano, está escrito, habla para edificación." "Estoy seguro de que no te edificarías ni a ti mismo ni a tu esposa, intenta lograr eso primero y si no lo puedes lograr, no desperdicies nuestro precioso tiempo."

Lo repito nuevamente: no puedo dejar de creer que hay algunos presentes este día que son flores "desperdiciando su dulce aroma en el aire del desierto", joyas de brillantísima luz perdidas en las cavernas del mar del olvido. Éste es un asunto muy serio. Si hay talentos en la iglesia de New Park Street (la iglesia cuyo pastor era Spurgeon), espero que se desarrollen. Si hay predicadores en mi congregación, dejemos que prediquen. Muchos ministros se esfuerzan para limitar a los jóvenes en el asunto de la predicación. Aquí tienen mi mano, tal como es, para apoyar a cualquiera de ustedes que quiera decir a los pecadores por doquier cuán amado Salvador han encontrado. Quisiera descubrir muchos predicadores entre ustedes; quiera Dios que todos los servidores del Señor sean profetas. Hay algunos presentes que deberían ser profetas, excepto que están medio temerosos; bien, debemos encontrar para ellos el remedio para quitarles su timidez. No puedo soportar el pensamiento de que mientras el demonio pone a todos sus servidores a trabajar, haya un siervo de Jesucristo que esté dormido. Joven, cuando regreses a casa, examínate a ti mismo, date cuenta de cuáles son tus habilidades, y si descubres alguna habilidad, entonces haz la prueba en alguna pobre y humilde habitación y habla a una docena de pobres gentes acerca de lo que deben hacer para ser salvos. No necesitas tener aspiraciones de dedicarte de tiempo completo al ministerio, pero si Dios así lo quiere, entonces puedes aspirar a ello. El que desea un obispado buena cosa desea. De cualquier manera, busca predicar el Evangelio de Dios. He predicado este sermón de manera especial, porque deseo iniciar un movimiento que parta desde este lugar y que alcance a muchas personas. Quiero descubrir a algunos en mi iglesia, de ser posible, que prediquen el Evangelio. Y pongan atención, ustedes que tienen talento y poder, ¡ay de ustedes si no predican el Evangelio!

¡Pero mis amigos!, si se dice: Ay de nosotros si no predicamos el Evangelio, ¿cómo será el ay de ustedes si escuchan y no reciben el Evangelio? Dios quiera que escapemos de esa condenación. Que el Evangelio de Dios sea para nosotros sabor de vida para vida y no de muerte para muerte.
Por Charles Haddon Spurgeon.
 — con Jorge Dianderas y 43 personas más.

martes, 8 de abril de 2014

Cuando dejas de sentir la presencia de Dios

Cuando dejas de sentir la presencia de Dios.
Iglesia Bautista Jordán de Piñonate - Predicador Edgar Maxdeo. Domingo 06/04/2012 - Primer Culto.
Base escritural: 1Sam. 4:1-22, 1Sam. 5:1-12
Si has dejado de sentir la presencia de Dios o la gloria de Dios, es que tú te has alejado de él, y no has reconocido que has pecado contra su santidad; arrepiéntete, vuelve a Cristo y reconoce que nada eres sin él,  qué Dios en su misericordia te mostrará su gloria, te limpiará y te perdonará, si confesares tus pecados.
Cristo murió en la cruz del calvario, y resucitó conforme a las escrituras otorgando victoria, justicia y reconciliación al que en él cree y se arrepiente.
Ubicado en calle Atantacio Catogeras 102, Urb. Piñonate. S.M.P. Lima -Perú.
Editado por Casa Bautista.
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martes, 1 de abril de 2014

Escogidos para salvación


Escogidos para salvación

Pero nosotros debemos dar siempre gracias a Dios respecto a vosotros, hermanos amados por el Señor, de que Dios os haya escogido desde el principio para salvación, mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad,
a lo cual os llamó mediante nuestro evangelio, para alcanzar la gloria de nuestro Señor Jesucristo.
2 Tesalonicenses 2:13-14 

Pero nosotros, que somos del día, seamos sobrios, habiéndonos vestido con la coraza de fe y de amor, y con la esperanza de salvación como yelmo.
Porque no nos ha puesto Dios para ira, sino para alcanzar salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo,
quien murió por nosotros para que ya sea que velemos, o que durmamos, vivamos juntamente con él.
Por lo cual, animaos unos a otros, y edificaos unos a otros, así como lo hacéis.
1 Tesalonicenses 5:8-11

Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó,
aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos),
y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús,
para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús.
Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios;
no por obras, para que nadie se gloríe.
Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.
Efesios 2:4-10

Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.
Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte.
Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne;
para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.
Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu.
Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz.
Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden;
y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios.
Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él.
Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado, mas el espíritu vive a causa de la justicia.
Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros.
Así que, hermanos, deudores somos, no a la carne, para que vivamos conforme a la carne;
porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis.
Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios.
Romanos 8:1-14

Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados.
Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos.
Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó.
¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?
El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?
¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica.
¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros.
¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?
Romanos 8:21-35

Pues ya que en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría, agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación.
Porque los judíos piden señales, y los griegos buscan sabiduría;
pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, para los judíos ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura;
mas para los llamados, así judíos como griegos, Cristo poder de Dios, y sabiduría de Dios.
Porque lo insensato de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres.
Pues mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles;
sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte;
y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es,
a fin de que nadie se jacte en su presencia.
Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención;
para que, como está escrito: El que se gloría, gloríese en el Señor.
1 Corintios 1:21-31

Y si el Señor no hubiese acortado aquellos días, nadie sería salvo; mas por causa de los escogidos que él escogió, acortó aquellos días.
Entonces si alguno os dijere: Mirad, aquí está el Cristo; o, mirad, allí está, no le creáis.
Porque se levantarán falsos Cristos y falsos profetas, y harán señales y prodigios, para engañar, si fuese posible, aun a los escogidos.
Mas vosotros mirad; os lo he dicho todo antes.
Marcos 13:20-27

sólo algunos textos sobre la Gloriosa Doctrina de la Elección.
Casa Bautista

domingo, 23 de marzo de 2014

¿SON VERDADERAS LA VISITAS AL CIELO? Por John MacArthur





El libro de un pastor que relata la visita de su hijo que visitó el cielo subió a la cima de la lista de best sellers y se convirtió en una gran película. Los cristianos, ¿se apresuraron a correr la voz, pero podrían ser reales tales visitas?

En los últimos años, los libreros cristianos han inundado el mundo evangélico, con testimonios de personas que dicen haber visitado el cielo en experiencias cercanas a la muerte. Sus historias están llenas de detalles específicos acerca de cómo es el cielo, quién está ahí, y lo que está sucediendo en el reino celestial. Pero cuando comparamos sus afirmaciones con las Escrituras, se hace evidente que no son más que producto de la imaginación humana, y no visiones reales del cielo como se describe en la Palabra de Dios. El más conocido de todos estos relatos, El cielo es el Real [1], es ya una película, que lanzará en abril de 2014. Es la historia de Colton Burpo, cuyos padres creen que visitó el cielo cuando tenía solo cuatro años –durante una cirugía tras un apéndice reventado que casi le quitó la vida. Las descripciones de Colton del cielo están llenas de características extravagantes y detalles peculiares que llevan toda la pinta de una vívida imaginación de un niño. No hay nada trascendente ni particularmente esclarecedor sobre el cielo de Colton. Está completamente desprovisto de la gloria impresionante ofrecida en cada descripción bíblica del reino celestial.

No hay nada trascendente ni particularmente esclarecedor sobre el cielo de Colton.

Historias como la de Colton son tan peligrosas como seductoras. Los lectores no solo obtienen una retorcida imagen, no bíblica de los cielos, sino que también absorben una marca subjetiva, supersticiosa, poco profunda de la espiritualidad. El estudio de los relatos místicos de supuestos viajes a la otra vida no logran nada más que confusión, contradicción, falsas esperanzas, mala doctrina, y una serie de males similares. Vivimos en una cultura narcisista, y eso se nota en estos relatos de personas que dicen que han estado en el cielo. Suenan como si ellos vieron el paraíso en un espejo, manteniéndose en el primer plano. Dicen comparativamente poco acerca de Dios o de Su gloria. Pero la gloria de Dios es lo que la Biblia dice lleva, ilumina y define los cielos. En lugar de ello, los autores de estas historias parecen obsesionados con detalles de cómo se sentían –cuán pacíficos y cuán felices eran. Cuán consolados estaban, cómo recibieron privilegios y distinciones; lo divertido y esclarecedor que su experiencia fue, y tantas cosas que ellos piensan que ahora entienden perfectamente que nunca podrían haberlo obtenido de la Escritura solamente. En resumen, se glorifican a sí mismos mientras apenas notando la gloria de Dios. Destacan todo pero menos lo que es realmente importante sobre el cielo. Es muy cierto que el cielo es un lugar de perfecta felicidad desprovista de todo el dolor y pecado, llena de júbilo y deleite, un lugar donde la gracia y la paz reinan total e indiscutiblemente. El cielo es donde todo verdadero tesoro y cada recompensa eterna están reservados para los redimidos. Cualquier persona cuyo destino es el cielo sin duda experimenta más gozo y el honor allí que la mente caída es capaz de comprender -infinitamente más de lo que cualquier criatura caída merece. Pero si realmente usted ve el cielo y vive para contarlo, esas cosas no son lo que cautivarán su corazón e imaginación.

Usted estaría preocupado, en cambio, con la majestad y la gracia de Aquel cuya gloria llena el lugar.

Tristemente, los lectores sin discernimiento abundan, y toman estos relatos posmodernos del cielo por completo de manera seria. Las cifras de ventas estratosféricas y la amplia influencia de estos libros debe ser un motivo de grave preocupación para cualquier persona que ama de verdad la Palabra de Dios.

La Biblia sobre las experiencias cercanas a la muerte

Simplemente no hay razón para creer a cualquiera que dice haber ido al cielo y regresado. Juan 3:13 dice: "Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del Hombre". Y Juan 1:18 dice "Nadie ha visto jamás a Dios".

Cuatro autores bíblicos tuvieron experiencias de visiones del cielo; no cercanas a la muerte. Isaías y Ezequiel (profetas del Antiguo Testamento) y Pablo y Juan (apóstoles del Nuevo Testamento) todos tuvieron tales visiones. Otros dos personajes bíblicos, Micaías y Esteban, tuvieron visiones del cielo, pero lo que vieron es simplemente mencionados y no son descritos (2 Crónicas 18:18, Hechos 7:55).

Solo tres de estos hombres más tarde escribieron sobre lo que vieron y los detalles que dieron eran comparativamente escasos (Isaías 6:1-4; Ezequiel 1:10; Apocalipsis 4-6). Todos ellos enfocados correctamente en la gloria de Dios. También mencionaron su propio miedo y vergüenza en presencia de tanta gloria. No tenían nada que decir acerca de las características mundanas que son tan prominentes en los relatos modernos sobre el cielo (cosas como picnics, juegos, atracciones juveniles, caras conocidas, conversaciones extrañas, y así sucesivamente). Pablo no dio ninguna descripción real de los cielos, sino que simplemente dijo que lo que vio se le prohibió pronunciar. En pocas palabras, las descripciones bíblicas del cielo difícilmente podrían ser más diferentes de historias fantásticas de hoy acerca del cielo. Lázaro de Betania se enfermó y murió, y su cuerpo yacía en descomposición en una tumba por cuatro días hasta que Jesús lo resucitó (Juan 11:17). Todo un capítulo del Evangelio de Juan está dedicado a la historia de cómo Jesús lo resucitó de entre los muertos. Pero no hay una pista o un susurro en las Escrituras acerca de lo que pasó con el alma de Lázaro en los cuatro días de duración intermedia. Lo mismo es verdad de cada persona en las Escrituras, que fue levantada de entre los muertos, empezando por el hijo de la viuda a quien Elías resucitó en 1 Reyes 17:17-24 y culminando con Eutico, que fue sanado por Pablo en Hechos 20:9 -12. Ni una sola persona de la Biblia nunca dio algún relato registrado de su experiencia después de la muerte en el reino de las almas que han partido.

Cruzando las fronteras

Mucho del interés actual en el cielo, los ángeles, y la otra vida se deriva de la curiosidad carnal. No es una tendencia que los cristianos bíblicos deben alentar o celebrar. Cualquier ejercicio que disminuye la dependencia de las personas en la Biblia está lleno de peligros graves, sobre todo espirituales, si es algo que conduce a las almas incautas hacia la superstición, el gnosticismo, el ocultismo, las filosofías de la Nueva Era, o cualquier tipo de confusión espiritual. Esos son innegablemente las carreteras más transitadas por personas que alimentan un deseo morboso de información detallada acerca de la otra vida, devorando historias de personas que afirman haber ido al reino de los muertos y regresado. Las Escrituras nunca complacen ese deseo. En la era del Antiguo Testamento, todos los intentos de comunicarse con los muertos se consideró un pecado a la par con el sacrificio de bebés a los dioses falsos (Deuteronomio 18:10-12). Las Escrituras hebreas dicen relativamente poco acerca de la disposición de las almas después de la muerte, y al pueblo de Dios se le tenía estrictamente prohibido investigar más por su cuenta. La Necromancia era una de las principales características de la religión egipcia. También dominó toda religión conocida entre los cananeos. Sin embargo, bajo la ley de Moisés era un pecado castigado con la muerte (Levítico 20:27).El Nuevo Testamento agrega mucho a nuestra comprensión de los cielos (y el infierno), pero aún no se nos permite añadir nuestras propias ideas subjetivas y conclusiones basadas en la experiencia de lo que Dios ha revelado en concreto a través de Su Palabra infalible. De hecho, se nos está prohibido en todos los asuntos espirituales ir más allá de lo que está escrito (1 Corintios 4:6). Los que exigen saber más de lo que las Escrituras nos dice acerca del cielo están pecando: “Las cosas secretas pertenecen al Señor nuestro Dios, mas las reveladas son para nosotros y para nuestros hijos para siempre” (Deuteronomio 29:29). Los límites de nuestra curiosidad se establecieron así por el límite de la revelación bíblica. En palabras de Charles Spurgeon: “Es un poco el cielo abajo, imaginar las cosas dulces. Pero nunca piense que la imaginación puede imaginar el cielo. Cuando es más sublime, cuando es más libre del polvo de la tierra, cuando conlleva el mayor conocimiento, y se mantiene constante por el más extremo cuidado, la imaginación no puede imaginar el cielo. Ni han entrado al corazón del hombre, son las cosas que Dios ha preparado para los que le aman”. La imaginación es buena, pero no a la imagen que nos dan del cielo. Su cielo imaginario se hallara con el tiempo como siendo todo un error, aunque es posible que haya acumulado castillos finos, usted encontrará que son castillos en el aire, y van a desvanecerse como delgadas nubes ante la tormenta. Porque la imaginación no puede crear un cielo. “Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido al corazón del hombre para concebir la misma”. [2]Lo que Dios ha revelado en las Escrituras es el único lugar legítimo para obtener una clara comprensión del reino celestial. La Palabra escrita de Dios, de hecho, no nos da una imagen muy completa y clara de los cielos y el reino espiritual. Pero la Biblia aún deja muchas preguntas sin respuesta. Tenemos que aceptar los límites que Dios mismo ha puesto en lo que Él ha revelado. Es una locura especular donde la Escritura guarda silencio. Es pecaminosamente erróneo tratar de investigar los misterios espirituales utilizando medios ocultos. Y es en serio peligro escuchar a alguien que dice saber más acerca de Dios, el cielo, los ángeles, o el más allá de lo que el mismo Dios nos ha revelado en las Escrituras.

Las glorias del cielo

Es, sin embargo, justo y beneficioso para los cristianos fijar sus corazones en el cielo. La Escritura nos manda cultivar esa perspectiva: “Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra” (Colosenses 3:1-2). “Si bien nosotros no miramos las cosas que se ven, sino en las cosas que no se ven… Pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas" (2 Corintios 4:18). “Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo" (Filipenses 3:20).Esta perspectiva es la esencia misma de la verdadera fe, según Hebreos 11. Los que tienen la fe bíblica auténtica, reconocen que ellos son extranjeros y peregrinos sobre la tierra (v. 13). Ellos están buscando una patria celestial (v. 14). Ellos en realidad, anhelan una patria mejor, es decir, celestial. Por lo cual, Dios no se avergüenza de ser llamado Dios de ellos, pues les ha preparado una ciudad”. (v. 16). La “ciudad” que el versículo se refiere es la Jerusalén celestial, un lugar inimaginable –la propia capital de los cielos. Esta será la morada eterna de los redimidos. Es sorprendente que los cristianos estén intrigados con el tema. Pero no importa lo mucho que pueden obsesionarse con cómo es el cielo, las personas que llenan la cabeza con una gran cantidad de ideas fantásticas o delirantes de las experiencias cercanas a la muerte de otras personas verdaderamente no piensan en las cosas de arriba. Si la infalible verdad bíblica que Dios nos ha dado es el único conocimiento fiable sobre el cielo al que tenemos acceso a (y lo es), entonces eso es lo que debe fijar nuestros corazones y mentes, no los sueños y especulaciones de la mente humana.

DEFENSORES DE LAS SAGRADAS ESCRITURAS.
Casa Bautista.